Sobre Germanwings y la pornografía emocional

El terrible accidente homicidio del vuelo GWI9525 de Germanwings ha vuelto a poner de manifiesto una triste realidad del periodismo español, y es que no hay código deontológico que aguante el afán de los medios nacionales por buscar la reacción visceral del espectador/lector/oyente. He escuchado a algunos compañeros de profesión lamentándose de que esta tendencia viene dada por el pseudoperiodismo que se practica en Internet, otros reconocen que la situación viene de antes, de un libro de estilo impuesto por determinadas televisiones privadas y sus programas magacín, a cuyas prácticas sensacionalistas han tenido que sucumbir el resto para no perder comba en las audiencias. Pero lo cierto es que, por lo que uno recuerda, ya en los 80 la cobertura de los atentados terroristas dejaba mucho que desear, y la cosa no parece haber mejorado.

Mientras que en países como Estados Unidos o Francia los medios de referencia cuidan al extremo la divulgación de imágenes de cualquier tipo de catástrofe (sólo hay que recordar que jamás se han visto imágenes de las víctimas del 11S, o que del reciente atentado contra la revista Charlie Hebdo sólo se han filtrado escenas grabadas con teléfonos móviles), aquí en España incluso el más riguroso de los informativos ha demostrado un especial gusto por la casquería, por el zoom hacia la mancha de sangre en el asfalto, por la portada que hace girar la vista al lector. Y lo peor es que incluso se ha pretendido justificar informativamente.

En el caso del Airbus A320 de Germanwings, que esta semana copa casi cualquier espacio informativo, no se están viendo imágenes del accidente porque, mucho me temo, entre los restos apenas ha quedado nada que mostrar. Pero sí estamos asistiendo a otro tipo de casquería: la casquería sentimental, el gusto por dar a conocer detalles sobre las víctimas, por mostrar, en directo o diferido, el dolor de sus familiares. Lo crean o no, eso no es información pertinente. Eso es entretenimiento, es pornografía emocional, es morbo. La información pertinente es toda la relativa a la investigación que está llevando a cabo la fiscalía francesa, es explicar a los espectadores qué verificaciones de seguridad pasa un aparato como el A320, es comparar el funcionamiento de una aerolínea de bajo coste con una “normal” (explicando, de paso, que este tipo de aerolíneas son de bajo coste en el catering y el espacio entre asientos, no en las medidas de seguridad). Y ahora que sabemos que el accidente no fue tal, incluso podemos considerar pertinente informar a la ciudadanía sobre los criterios de selección y formación de los pilotos comerciales.

Todo lo demás pertenece al espacio de recogimiento de unas familias que están atravesando un duelo terrible; algo que puede suponer cualquiera sin necesidad de que se muestre en televisión, y que no aporta nada ni al debate público ni a la información de interés ciudadano. Y sin embargo, nos encontramos que los medios de referencia, como El País o El Mundo, incluyen monográficos sobre las víctimas en sus portadas digitales, con nombres, fotos y detalles de su vida personal; que la Cadena Ser se desplaza el mismo día del accidente al aeropuerto de Barcelona a realizar desde allí sus informativos, como si aquél fuera algún tipo de foco informativo, sin ahorrarnos las confusas declaraciones de viajeros anonadados por la noticia; o que los informativos de televisión no escatiman segundos en mostrarnos a los familiares desolados. Se aplica el modelo infotainment a un acontecimiento que debería ser tratado con el máximo rigor.

Pero no estigmaticemos sólo a la profesión; al fin y al cabo, ni El País ni El Mundo darían tanto espacio al monográfico sobre las víctimas si no fuera una de las noticias que más clics reciben en sus webs. En este país el público demanda invadir el espacio privado, hay un gusto por compadecer la desgracia ajena, por alimentarse de ella. Eso es incivismo, y de eso no sólo tienen la culpa los medios de comunicación.

(Viñeta de Manel Fontdevila para eldiario.es)

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La política vs Twitter

Hay días en los que bucear por Twitter es como descender a los infiernos. Te mueves entre los trending topics (“temas de moda”, para los no iniciados en la religión) y te topas de bruces con comentarios mezquinos, llenos de odio, de rabia… La miseria humana condensada en 140 caracteres. Es algo que sabe cualquier usuario habitual de esta red social: en Twitter hay mucha mala baba y mucho canalla escondido tras un nick y un avatar. ¿Significa esto que es necesario regular Twitter, tal como han pedido esta semana algunos partidos políticos? No.

No sólo no es necesario, sino que no se debe. Es más, dudo que se pueda. De las pocas cosas que recuerdo de las clases de Derecho de la Información es que las condenas por apología del terrorismo eran muy escasas, y que la mayoría se tumbaban en instancias superiores. ¿Cómo condenar entonces al ciudadano indignado (o al energúmeno de turno) por las barbaridades que escupe contra la clase política? Por más indeseables o repulsivos que sean sus tuits, siempre que no incurran en injurias o calumnias contra un individuo concreto, estará en su derecho.

Y es que lo que se dice en Twitter ya está regulado, señores políticos:  por un lado, amparado por nuestro derecho a la libertad de expresión, y por otro, limitado por el derecho al honor del prójimo. Ambos se hallan recogidos en la Constitución y es el Código Penal el que se encarga de regular cualquier atentado contra el derecho al honor (o la dignidad) de los individuos. De hecho, ya existen varias condenas en España que demuestran que esa percepción de impunidad del que insulta desde el anonimato de una red social es falsa. Primero porque ese anonimato no es tal, puesto que la Policía puede identificar a cualquier usuario a través de su dirección IP, y segundo porque el Código Penal está bien desarrollado en lo que se refiera a los delitos de injurias y calumnias (artículo 205 y siguientes, para los interesados).

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Nos encontramos, por tanto, ante un debate artificial que parte de un mal hábito de la clase política española: el de querer legislar reactivamente. No desde la mesura, no desde el sentido de justicia, sino al calor del debate público que esté en llamas en ese momento. Debate puesto en la agenda, habitualmente, por el inefable periodismo de bufanda que sufrimos en este país (y que no sólo existe en el fútbol). Desde las filas de ese periodismo panfletero, en este caso del de la derecha, se han escuchado barbaridades como que el asesinato de la presidenta del PP y la Diputación de León, Isabel Carrasco,  responde a un clima de agitación contra la clase política, un clima generado por una suerte de movimiento subversivo alimentado por las redes sociales, las plataformas antidesahucio, el 15M y, en general, cualquier otra cosa que les moleste. Y lo han hecho a pesar de que desde el principio la investigación policial ha señalado la venganza personal como móvil probable del crimen. Y para sustentar esta chorrada de tesis, no sea que la realidad les estropee el titular, no han tenido reparo en dar publicidad a tuits (bastante lamentables) de perfiles de Twitter que apenas cuentan con unos cientos de seguidores, una audiencia muy limitada formada por otros usuarios similares, los únicos capaces de tolerar en su timeline semejante retahíla de basura. Pero ello no ha sido óbice para que estos medios esparzan dicha basura dándole el espacio de opiniones relevantes.

En última instancia, a uno le queda la incómoda duda de por qué cuando se ha insultado a los inmigrantes ahogados en el Estrecho o en Lampedusa, o cuando cualquier extraviado ha amenazado de muerte a ciudadanos que pretendían hacer pública su causa a través de las redes sociales, los partidos políticos y sus medios afines no han considerado igualmente imperiosa la necesidad de regular Twitter.

Diez consejos para escritores que se mueven en redes sociales

Si eres escritor y no estás en redes sociales, tienes un grave problema. Y esto es así tanto si eres un autor que se autopublica en Amazon como un autor publicado por un sello independiente o enmarcado en un gran grupo editorial, pero cuyas ventas no te convierten en una prioridad para tu publisher. Si eres un autor de perfil alto, de esos cuyas novelas se anuncian en la radio y son puntualmente reseñadas por los medios especializados, quizás puedas permitirte el lujo de ignorar las redes sociales, pero seamos realistas, ¿qué posibilidades hay de que un autor así esté leyendo este artículo? Para todos los demás, quizás os interese lo que viene a continuación.

Ya sabemos que el mundo editorial está cambiando, lo hemos escuchado mil veces, lo que quizás no hayáis escuchado es cómo adaptarnos a ese cambio. A mi juicio, lo que no se debe adaptar es la obra literaria (las buenas novelas siguen teniendo hoy día las mismas características que hace cincuenta años), sino el papel del autor a la hora de promocionar su obra y relacionarse con sus lectores. A día de hoy, las editoriales no promocionan la mayor parte de las obras que publican, la maquinaria de marketing se reserva para los escritores consagrados con una amplia base de lectores o para el famosillo de turno que publica su primer libro. El resto de autores sólo serán bendecidos con el don de una campaña promocional si, previamente, su obra ha alcanzado por sí sola una buena cifra de ventas.

Antes la labor de promoción por parte del autor se centraba en asistir a ferias del libro, conferencias, sesiones de firmas… pero hoy día las redes sociales juegan un papel fundamental. Hasta el punto de que algunos autores autopublicados (que no tienen acceso a estas maniobras de promoción tradicionales) han logrado vender miles de ejemplares gracias a que han sabido moverse de forma astuta en las procelosas aguas del social media.

No pretendo exponer una completa guía de branding personal y marketing online para escritores, pero sí aportar algunos consejos para evitar errores muy comunes en la gestión que algunos escritores hacen de sus perfiles:

1. Separad vuestro perfil personal de vuestro perfil como autor. El perfil del autor en las redes sociales es un perfil profesional que debe gestionarse de una forma profesional, nada de fotos de farra con los amigos ni de gente que te etiqueta en fotos incómodas.

2. Haced followback. Devolver el seguimiento es una norma de protocolo básica en Twitter y otras redes sociales (con la prudencia de comprobar previamente el perfil de esas personas, claro) y, sin embargo, es fácil comprobar cómo muchos autores (y no me refiero a estrellones) no tienen esta cortesía con sus lectores. El followback demostrará interés por vuestros seguidores, que estarán más predispuestos a hablar bien de vosotros y recomendaros.

3. Responded a los que os comentan, mencionan o sugieren vuestras obras. Las redes sociales no están para pontificar, sino para comunicarnos, y la comunicación sólo es tal si es bidireccional. Lo más inteligente es reservar un tiempo (horas concretas del día o de la semana) para repasar todas vuestras menciones y preguntas en Twitter, Facebook o Google+ y responderlas.

4. No respondáis o hagáis retuit SÓLO a aquellas críticas favorables, eso dice poco de vosotros. Si a alguien no le gusta lo que habéis escrito dadle las gracias por haber dedicado tiempo a vuestra novela y expresadle vuestro deseo de que la próxima le guste más. Probablemente conseguiréis que un lector crítico se convierta en un futuro “recomendador”.

5. No intentéis engrosar vuestra lista de seguidores haciendo “follows” indiscriminados. Sólo conseguiréis tener un público al que no le interesa nada de lo que decís (y del que tampoco os interesa lo que pueda decir). Seguid cuentas cuyo feedback sea valioso y que puedan ser influenciadores en el ámbito literario: usuarios que se definan como “lectores” en sus bios y perfiles, librerías y libreros, lectores editoriales, blogueros, reseñadores, periodistas culturales, editores y otros autores. Poco a poco construiréis una red que merezca la pena.

6. “Yo he venido a hablar de mi libro”, pero no sólo de tu libro. Si te dedicas exclusivamente a vender tu producto comenzarás a perder seguidores. Abre tu espectro temático: comenta películas, recomienda series, sube fotos de un paseo por la playa, entusiásmate con alguna lectura, sube fragmentos que te hayan gustado de otras novelas, aporta datos interesantes sobre esa materia de la que os estáis documentando… Tu perfil en redes sociales no es un canal de venta, nunca lo olvidéis, para eso ya está Amazon y La Casa del Libro.

7. Esto va a ser controvertido, pero ahí va: no escribáis reseñas. No sois reseñadores, sois escritores, tenéis poco que ganar con el análisis de la obra de otro autor en vuestro blog. Lo peor que os puede pasar es que, A) si la crítica es negativa (o no gusta al autor reseñado) os ganéis un enemigo que ataque vuestra reputación online, o B) si la crítica es positiva, el lector piense que le estáis dorando la píldora a vuestros amigos.

8. Usad herramientas de community management como Tweetdeck, Hootsuite o Socialbro. Las tres tienen versiones gratuitas y os permitirán hacer un seguimiento de las veces que se os menciona en Twitter, saber qué se dice de vosotros y de vuestra obra, ver el perfil de vuestros seguidores, etc. Google Alerts también puede ser útil para rastrear la red en general, pero no es efectivo al 100%

9. Tened un blog y actualizadlo frecuentemente (como mínimo, un par de veces al mes). No os acordéis sólo de vuestra bitácora cuando tengáis que promocionar una nueva obra, sino intentad crear una comunidad en torno a ella, gente interesada en la literatura y que comparta vuestros gustos e intereses. Un gran ejemplo siempre me ha parecido el blog de Andrés Neuman.

10. Por último, sed vosotros mismos, que los personajes no salgan del manuscrito. No intentéis impostar una personalidad que no es la vuestra porque eso no funciona en las redes sociales. Lo mejor es mostrarse natural, espontáneo, ser educados y armarse de paciencia en algunos casos. Y cuando algún troll salga de debajo del puente, no malgastéis energías: responded con buen talante, pero si veis que el susodicho tiene ánimo “destroyer”, ignoradlo, y si insulta o intenta hacer daño, bloquead sin miedo.

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Creo que son diez consejos de sentido común, pero en mi experiencia como responsable de comunicación 2.0 me he encontrado a más de un personaje público que gestiona su perfil online con suma torpeza. Los escritores no están exentos de estos errores, en muchos casos porque olvidan que su cuenta de Facebook o Twitter es una extensión de su trabajo como autor. No es tan complicado tener una reputación online saludable que nos sirva para promocionar nuestra obra, siempre sin perder de vista que las redes sociales no son un canal de venta, sino una forma de acercarnos a los lectores y crear una imagen pública positiva. Los resultados irán llegando a medio y largo plazo.

¿Por qué el colapso de Telegram debería preocupar a Whatsapp?

Ayer sábado por la tarde Whatsapp tuvo la enésima caída de su red, dejó de estar operativa durante varias horas en el momento de la semana en el que sus usuarios más lo utilizan, cuando se están concretando planes para ir al cine, para salir después de cenar, etc. No es la primera vez que esto sucede y me temo que, como en las anteriores, no sabremos el motivo (tampoco es que eso nos fuera a solucionar nada). Pero en esta ocasión la caída de la apli de mensajería más popular tuvo un efecto colateral: sirvió para demostrar que, por primera vez, Whatsapp tiene un auténtico rival.

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¿Por qué digo esto? Porque Whatsapp arrastró a Telegram en su caída: fue tal la demanda de descargas de la aplicación de mensajería rusa ante la ausencia de Whatsapp que sus servidores colapsaron en Europa. Algunos lo podríais notar: a determinada hora de la tarde era imposible descargar Telegram de vuestras tiendas móviles, los servidores no daban abasto, mientras nuevos contactos se iban sumando a nuestra agenda de Telegram a cada minuto.

¿Por qué Telgram sí puede consolidarse y otras no?

Pensar que Telegram puede llegar a destronar a Whatsapp es poco razonable. Whatsapp se ha convertido en el estándar y wasapear en un verbo. En este tipo de aplicaciones donde dependes de tu red de contactos, el que llega primero tiene media batalla ganada, por el simple hecho de que es muy difícil arrastrar a todo tu círculo a un nuevo entorno.

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Es cierto que Telegram tiene una serie de ventajas objetivas sobre la reina de la fiesta: posee mecanismos eficaces para proteger nuestra privacidad (como un algoritmo de encriptación que no es de chiste o la opción de borrar nuestros chats automáticamente), la posibilidad de enviar cualquier tipo de archivo adjunto, la muy demandada versión para tablets y escritorio, o el hecho de que es de código abierto, lo que asegura una constante mejora de la app por parte de la comunidad. El problema para Telegram es que nada de esto le importa a mi pareja o a mis amigos.

Entonces, ¿por qué Telegram está teniendo una implantación tan rápida donde otras, como Line o WeChat, les costó tanto llegar? No le busquéis cinco pies al gato, la respuesta salta a la vista: su interfaz es un clon de la de Whatsapp. Al abrir Telegram lo que te encuentras, básicamente, es un Whatsapp de color azul, y eso elimina cualquier curva de aprendizaje. Los que ayer abrieron Telegram por primera vez al descubrir que Whatsapp “no iba”, descubrieron que todo estaba en el mismo sitio, que no necesitaban ni una décima de segundo para averiguar cómo enviar un mensaje a sus amigos, pues pisaban terreno conocido. Para colmo, la aplicación funcionaba cuando Whatsapp no y, oye, los mensajes llegan incluso cuando hay muy poca cobertura. Y el doble tic significa que, efectivamente, el otro lo ha leído, no sólo que le ha llegado. Y un momento, ¿me dices que puedo instalármelo en el escritorio del ordenador y chatear sin tener que sacar el móvil…?

Busca las 5 diferencias. Un momento, no las hay.
Busca las 5 diferencias. Un momento, ¡no las hay!

El hecho es que la caída de Whatsapp de ayer ha sido más eficaz para Telegram que una campaña de marketing de varios millones de euros. Cuando ya no corres solo, no conviene dar tanta ventaja a tus rivales, aunque aparezcan muy pequeñitos en el retrovisor. ¿Y si Zuckerberg hubiera optado por implantar Telegram en Facebook y darle soporte, en lugar de gastarse una cifra estratosférica en un servicio de mensajería inestable? Ése sí que hubiera sido un escenario interesante.

Un vistazo a Paper, la nueva interfaz móvil de Facebook

Paper es una de las palabras de moda en el panorama social media, una aplicación por y para Facebook que algunos medios norteamericanos ya aventuran como la aplicación del año. Sin embargo, a este lado del charco la mayoría no sabemos en qué consiste. Empecemos por el principio.

¿Qué es Paper?

Paper es una nueva aplicación desarrollada por Facebook Creative Lab. para iPhone. Se la viene definiendo como el “agregador de noticias” de Facebook, pero dicha descripción es bastante inexacta por varios motivos que explicaré más adelante. En esencia, y para que todos nos entendamos, Paper es una nueva forma de visualizar tu cuenta de Facebook en el móvil, una aplicación oficial con una interfaz más limpia y ordenada que la de la aplicación “tradicional”. Además de ésta, que es su función principal, también nos permitirá visualizar noticias ordenadas por bloques temáticos.

Un momento, no encuentro Paper en mi tienda de aplicaciones

Ni la vas a encontrar (al menos por ahora). Hasta la fecha, Paper sólo está disponible para iPhone y en la AppStore estadounidense. Según las últimas informaciones, Facebook no tiene previsto lanzarla en más mercados ni en otros sistemas operativos móviles. De cualquier modo, y viendo la buena acogida que Paper está logrando, resulta difícil creer que la app no dará el salto a Android y a más países, aunque sea a medio-largo plazo. ¿Que cómo la he probado yo si estoy escribiendo desde España? Existe un truco muy sencillo (y legal) para descargarte la aplicación desde cualquier país, basta con cambiar la configuración de tu Apple ID. Si alguien está interesado, que me lo pregunte en los comentarios y lo explico más detalladamente.

¿Cómo funciona Paper y qué son las “secciones”?

Al abrir la aplicación por primera vez lo primero que encontraréis es una pantalla de login. A no ser que tengáis ya instalada la aplicación “tradicional” de Facebook, en cuyo caso Paper se os abrirá con vuestra cuenta habitual registrada. A partir de aquí, un breve tutorial en un vídeo interactivo que os explicará el funcionamiento básico.

Paper login

En esencia, Paper está organizado mediante secciones. Hay una sección principal llamada “Facebook” que es nuestro “muro” habitual, el mismo que vamos a encontrar en nuestra aplicación móvil de toda la vida o en la versión web, pero ordenado con la nueva interfaz. Esta es la sección central, la que se abre por defecto y la única que no podemos eliminar. El resto de secciones (diecinueve, concretamente) son completamente opcionales y hacen referencia a diecinueve campos de interés que van desde noticias generales (Headlines), tecnología (Tech), fotografía (Exposure), humor (LOL) o gastronomía (Flavor).

¿Entonces, por qué Paper no es un agregador de noticias ni de contenidos?

Porque tú no agregas nada. Sólo indicas qué secciones quieres tener en “tu” Paper, pero es Facebook la que  rellena esas secciones por su cuenta. No puedes agregar un medio en concreto, ni un blog, ni una página especializada que sigas habitualmente. Así, si eliges activar la sección Score (deportes), tendrás que conformarte con los contenidos que la aplicación adjudique a dicha sección. Y punto. La sección ni siquiera se adaptará incluyendo contenidos de las posibles páginas de deportes que nosotros sigamos en Facebook.

Habría qué ver cuáles serían las fuentes y medios vinculados en una supuesta versión española de Paper, pero resulta difícil pensar que con tan limitadas opciones de personalización pueda ser rival para agregadores de contenidos como Flipboard. Pero es que la aplicación tampoco lo pretende. La verdadera razón de ser de Paper es su sección central “Facebook”, esa nueva forma mucho más agradable y amigable de interactuar con la red social. Lo demás es un añadido que queda en anecdótico por las limitaciones autoimpuestas en aras de una mayor sencillez. Nadie va a usar Paper para leer sus blogs y webs especializadas favoritas porque, sencillamente, no podrá hacerlo.

La interfaz de Paper: Facebook se hace horizontal

Por primera vez Facebook abandona su habitual esquema de columnas (presente tanto en su versión web como móvil) y adapta un esquema horizontal que le sienta realmente bien: la nueva interfaz divide la pantalla en dos mitades horizontales. En la mitad superior van sucediéndose de forma aleatorio aquellos posts de nuestros muro que incluyan una foto. En la mitad inferior se muestran todas las entradas del muro por orden cronológico, en un slider horizontal por el que podemos retroceder hasta nuestro Día 1 en Facebook. Por último, en la parte superior se muestran los archiconocidos tres iconos: “amigos”, “mensajes” y “notificaciones”. Eso es todo, así de simple.

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Para desplazarnos por la interfaz sólo tenemos que deslizar el dedo, nada de pulsar en minúsculos botones táctiles. Así, moviendo de derecha a izquierda el dedo por el slider inferior iremos “bajando” por nuestro muro, y cuando queramos ampliar una entrada a pantalla completa, sólo tenemos que arrastrarla hacia arriba. Para minimizarla sólo habrá que arrastrarla hacia abajo.

Del mismo modo, si deslizamos el dedo horizontalmente en la mitad superior, iremos cambiando de secciones, desde la primera, que siempre será nuestro muro de Facebook, a las demás que hayamos decidido agregar a nuestro Paper. Y si tiramos de la mitad superior hacia abajo, se nos abrirá un menú de opciones bastante limpio en el que podremos seleccionar, entre otros, nuestro Perfil personal (con una magnífica organización de nuestra biografía por años, de nuevo en base al esquema horizontal imperante en la aplicación).

El control táctil funciona realmente bien y los contenidos se actualizan con mucha más agilidad que en la aplicación tradicional de Facebook, demostrando que Paper ha sido programado desde cero con un código mucho más estable. Sólo presenta problemas cuando debemos hacer arrastres de abajo arriba o de arriba abajo y, por error, abrimos el “centro de notificaciones” o el “centro de control” de iOS 7, algo que me ha sucedido en más de una ocasión.

¿Es Paper una alternativa real a la aplicación Facebook?

Lo cierto es que después de usar Paper durante varios días resulta bastante duro regresar a la aplicación tradicional de Facebook. La primera impresión es que Paper te enseña menos contenido en pantalla, que te estás perdiendo cosas, pero es una impresión equívoca que viene dada por su interfaz pulcra y más visual. Lo cierto es que nos muestra más información en el mismo espacio, elimina ruido y organiza los contenidos (por fin) de manera racional. A eso se le suma el hecho de que, por ahora, no tiene publicidad.

Podría pensarse entonces que, teniendo Paper instalado, podríamos borrar la app Facebook. Yo no me precipitaría. En su afán por la simplificación Paper incurre en una serie de errores. El primero y fundamental es que los contenidos de nuestro muro están obligatoriamente ordenados según el criterio Últimas noticias, sin posibilidad de cambiarlo. Los habituales de la red de Zuckerberg ya sabéis que Últimas noticias es, en realidad, una simplificación de nuestro muro que sólo nos muestra las entradas que tienen más “Me gustas”, más comentarios o que pertenecen a aquellos usuarios con los que tenemos más afinidad; deja fuera, sin embargo, otros contenidos que nos pueden interesar.

Al menú se accede deslizando hacia abajo. Limpio, escueto y ordenado, como todo en Paper.
Al menú se accede deslizando hacia abajo. Limpio, escueto y ordenado, como todo en Paper.

Si sois de los que entráis con frecuencia a Facebook lo normal es ordenar nuestro muro con la opción “Más recientes”, que nos muestra todo el contenido por orden cronológico, sin saltarse nada. Personalmente, no quiero que Facebook elija por mí lo que me interesa, de ahí que siempre intente tener seleccionada la visualización de “Más recientes”. Por tanto, si la obstinación de Facebook por ordenar mi muro con “Últimas noticias” ya me resulta bastante molesta, el que en Paper sólo exista esta opción es motivo suficiente como para no convertirlo en mi aplicación de referencia para esta red social.

Otro error difícil de perdonar es el hecho de que Paper no integra los contenidos externos en la propia interfaz de la aplicación, como hacen Flipboard y otros agregadores de contenidos, sino que siempre nos abre una ventana para leer los contenidos en la web original. Con el agravante de que si la web es en HTML no adaptado a móviles, suprime la magnífica opción de “lectura ampliada” de Safari.

Son estos y otros errores más o menos graves los que lastran la experiencia. No obstante, no parecen difíciles de subsanar, y una vez superados convertirían a Paper en la mejor interfaz móvil para Facebook. La pregunta es si la propia Facebook quiere que esto suceda, o pretende relegar su nueva aplicación a un papel secundario. Quizás Paper sea sólo un campo de pruebas para una futura actualización de la app “tradicional”. Recordemos que, a día de hoy, los usuarios consultan más su cuenta de Facebook vía móvil que desde los ordenadores de sobremesa, y sin embargo, la aplicación oficial para smartphones sigue siendo lenta, engorrosa y bastante caótica.

Facebook necesita una renovación completa de su experiencia móvil, un salto de fe que le permita romper con las viejas concepciones y abrazar un cambio radical. Mientras continúen intentando adaptar lo que vemos en el escritorio de nuestro ordenador a la pantalla de un móvil, la experiencia seguirá siendo deficiente. Parece ser que la gente del pequeño estudio de desarrollo interno Creative Labs han sido los primeros en percatarse de ello, y Paper es el primer paso en esta nueva dirección. Sólo hace falta que la propia compañía matriz se convenza de que ése es el buen camino, y que los usuarios de la red social (tan combativos cada vez que hay algún cambio en la interfaz web) no se asusten y le den una oportunidad a este otro Facebook.

Pensamientos en cápsulas hoi-poi (II): Twitter y los políticos

Otro político del PP (esta vez Monago, presidente de Extremadura) que se borra de Twitter por culpa de un mensaje automático generado por un videojuego para móviles, en esta ocasión el ‘Doodle Jump’. Eso me suscita dos preguntas 1) ¿Tan difícil es negar a la aplicación el acceso a tu cuenta de Twitter? te lo suelen preguntar al instalarlo 2) ¿Por qué insisten los políticos en usar Twitter?  Los partidos llevan años perfeccionando técnicas para que sus políticos se comuniquen de forma aséptica y vacía, ¿no comprenden que ponerles Twitter en las manos es un arma de autodestrucción masiva?

Bankia y la política del silencio

No suelo hablar de política en mi blog porque, en primer lugar, escribir sobre ello ha sido mi trabajo durante muchos años, y pretendía mantener este espacio de evasión “policy-free”. En segundo lugar, siempre he pensado que los pocos que me lean tendrán su propia opinión al respecto, y mi experiencia es que a la gente le incomoda leer sobre política si lo que está leyendo no coincide con su idea. Supongo que por eso el periodismo español muestra una alineación tan inquebrantable a una u otra opción ideológica.

De cualquier modo, quiero comentar lo que está sucediendo durante las últimas semanas en torno a Bankia desde una perspectiva puramente comunicativa. Independientemente de que estemos convencidos o no de que el rescate a la banca es imprescindible para la subsistencia del sistema, independientemente de que nos preocupe más o menos que, si se deja caer a Bankia, los primeros afectados serán los miles de ahorradores que perderán su dinero, lo que resulta desastroso más allá de toda duda es la gestión informativa que se está haciendo de esta crisis.

En nuestro país la comunicación política tiene muchas carencias y continúa en pañales si la comparamos con la de otras democracias: es poco flexible, muy ceñida al argumentario y demasiadas veces se apoya en la retórica vacua como escudo ante la opinión pública y los dirigentes del propio partido, todo por el temor de cometer un desliz al decir lo que realmente se piensa. Al final, el discurso resulta tan artificial, el culpar al otro es tan recurrente, que el mensaje acaba siendo sólo apto para los acérrimos, pero de consumo indigesto para el ciudadano medio.

Esta forma de enfocar la comunicación, este pensar que la opinión pública asumirá un discurso prefabricado a espaldas de la realidad, provocó una de las mayores catástrofes comunicativas de la política moderna en 2004. Después de los atentados del 11M en Madrid, el gobierno del Partido Popular insistió en trasladar a la opinión pública que la autoría del atentado pertenecía a ETA, y ahondó en ese mensaje durante días, aun cuando los medios de comunicación y las naciones de nuestro entorno daban ya por ratificado que estábamos ante un atentado islamista radical. Se intentó manipular a la opinión pública ante el temor de que el electorado pudiera culpabilizar al gobierno de los atentados, al comprometer al país en la invasión de Iraq pese a la oposición popular.

Fue un fracaso comunicativo de manual, y condujo al PP, que llegaba a las elecciones con una contundente ventaja sobre el PSOE, a pasar de un gobierno en mayoría absoluta a perder las elecciones. Posteriormente, analistas en comunicación política de todo el mundo estuvieron de acuerdo en que si se hubiera apostado por trasladar un mensaje más acorde a la realidad, el castigo en las urnas hubiera sido mucho menor y, probablemente, el PP habría hecho valer su ventaja en los sondeos.

Pongo en perspectiva todo esto porque me sorprende que, tanto tiempo después, el Partido Popular parece insistir en una estrategia informativa perversa ante el temor de la reacción de la opinión pública. La manera en que se está gestionando la crisis de Bankia va camino también de los manuales, concretamente a los capítulos de lo que nunca se debe hacer. El espectáculo comienza a ser esperpéntico: el ministro Guindos y la portavoz del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, anunciaron el pasado viernes tras el Consejo de Ministros que el dinero que se iba a inyectar en Bankia (29.000 millones de euros a fecha de hoy, casi un 20% más del recorte anunciado en educación y sanidad) era un préstamo a devolver. Al día siguiente, el nuevo presidente de la entidad, José Ignacio Goirigolzarri (un hombre de banca, no procedente del ámbito político como los anteriores presidentes y, quizás por eso, desconocedor de la doctrina del argumentario), les desmentía afirmando que era una inyección de capital, no un préstamo, y que el dinero no retornaría a las arcas públicas salvo como retorno de una eventual revalorización de las acciones.

Cuando la prensa ha preguntado al gobierno sobre depuración de responsabilidades en el seno de Bankia, la respuesta ha sido que “ahora no es buen momento”, el famoso “ahora no toca” que cada vez se identifica más con una casta política que se cree en el derecho de escatimar la información ante sus máximos fiscalizadores: la ciudadanía. La sensación es que los españoles pagamos entre todos la peor gestión financiera que se conoce en Europa, pero nadie más parece asumir las consecuencias. ¿Qué impide al gobierno anunciar acciones legales contra los responsables de este desastre (aunque sean de sus propias filas)? ¿Cómo es posible que Bankia pasara en un solo día de anunciar 300 millones de € de beneficios a 30.000 millones en pérdidas? ¿Qué clase de mecanismos de control se están aplicando al sector financiero español? Paralelamente, el Banco Central Europeo ha afirmado este fin de semana desconocer cuáles son los planes de rescate para la entidad.

Esta opacidad que el Gobierno mantiene le supone un desgaste de imagen que no sé cómo pretenden gestionar. Probablemente la máxima sea arriar velas y aguantar el temporal, pues aún quedan tres años y medios hasta las próximas elecciones.

Pero hay una diferencia fundamental entre este naufragio informativo y el del 11M. En 2004 el daño ya estaba hecho, y el PP sólo se perjudicaba a sí mismo con su torpe estrategia comunicativa. Sin embargo, en 2012 la economía española está más expuesta que nunca, navegamos al albur de los mercados, que comienzan a sospechar que Bankia puede ser la punta del iceberg de un sistema financiero podrido, que ha fundamentado sus balances positivos en la creatividad estadística y en el mal hábito de refinanciar deuda a toda costa, siempre con el objetivo de no reflejar en las cuentas los verdaderos índices de morosidad. Si el Gobierno no se remanga e impone un sistema de evaluación real de la banca, si no saca a la luz pública sus verdaderos planes para Bankia y comienza a depurar responsabilidades (caiga quien caiga), si no comienza a tomar decisiones en lugar de titubear y contradecirse, el peor de los daños está aún por llegar.

Tenemos el periodismo que nos merecemos

Hace poco fue el día de la “libertad de prensa”, por eso hoy toca entrada corporativista, pero no os vayáis aún, va dirigida especialmente a los que no conocéis de cerca esta profesión. Si no tenéis amigos/pareja/familiares periodistas, si nunca os habéis parado a pensar cómo debe ser trabajar en un medio de comunicación, puede que tengáis una imagen un poco romántica de este oficio, como si la del periodista fuera una vida a medio camino entre lo bohemio y lo urgente, con la emoción de las exclusivas, del “paren las rotativas”, llena de preguntas incisivas, de hombres y mujeres indomables con un teclado bajo los dedos, fustigando con su opinión innegociable a la clase política y las injusticias sociales.

Puede que el 1% de los periodistas tengan un 1% de momentos de esos a lo largo del mes. Por lo general, el periodismo hoy día consiste en ir a ruedas de prensa, reproducir lo que allí se dice en una información de 800 palabras redactada y titulada según el sesgo ideológico de tu medio, editar teletipos de agencia por la tarde para que encajen en la maqueta que han preparado los del departamento de diseño/diagramación, buscar algo de documentación (no mucha, lo imprescindible) para no meter la pata, y sacar tiempo de debajo de las piedras para preparar reportajes y entrevistas para rellenar páginas/minutos de informativo los fines de semana. Eso si trabajas en un medio, si trabajas en un gabinete de prensa el tema no cambia mucho, sólo que lo que redactas, en lugar de encajarlo en una maqueta, tienes que enviarlo a los medios (lo del sesgo de la información prácticamente no cambia), y luego tienes que vender tu producto: es decir, darle la lata a los compis para que “traten bien” tu nota de prensa, concertar entrevistas, colocar reportajes…

Como podéis ver, el trabajo de un periodista es un trabajo de oficina como otro cualquiera. Rutinario la mayoría de los días, de escasa creatividad (aparte de la necesaria para solventar los muchos marrones que se te presentan). Cosas molonas como escribir artículos de opinión es el privilegio de una inmensa minoría de la profesión, y lo del periodismo de investigación una utopía prácticamente inexistente a día de hoy: demasiado caro e infructuoso. Bueno, me diréis que tampoco es para quejarse mucho ¿no? No, si no fuera porque el periodismo es una de la profesiones con peores condiciones laborales de este país (lo que ya es decir). La gente suele comentarte: “es que en el periodismo hay mucho intrusismo”, creédme: el intrusismo es el menor de los problemas. Horarios demenciales, donde no es extraño llegar a casa a las 11 de la noche o más tarde; sueldos que oscilan entre los 600 euros (fue mi primera paga como redactor) y los 1.200 (pocos conozco que ganen eso); librar un día a la semana, que bien puede ser un martes, un jueves o un sábado, según las necesidades de la redacción; contratos de autónomo para que la empresa se ahorre pagar la cotización de un contrato laboral… a lo que hay que sumar una precariedad asfixiante que ha sido santo y seña de la profesión durante décadas, pero que en esta crisis se ha convertido en una amenaza diaria.

Hay opiniones para todos los gustos sobre las razones de que el panorama del periodismo español sea tan desolador. Periodistas veteranos me decían en su momento que el origen de esta situación se remonta a la Transición: cuando la mayoría de los trabajadores se afiliaban a un sindicato y pactaban convenios desde una posición de fuerza, en el periodismo español, por un sentido de la independencia ideológica mal entendido, apenas hubo afiliación sindical, lo que hizo que en la profesión no se sentaran las bases de un convenio laboral que garantizara cierto bienestar dentro del sector. Si durante los últimos años las condiciones laborales en la mayoría de los campos se han visto mermadas respecto a las que disfrutaron nuestros padres, imaginaos una profesión en la que ni siquiera el punto de partida era bueno.

Independientemente de que esa pudiera ser una de las razones de origen, creo que el periodismo sufre situaciones especialmente perversas, como la enorme diferencia salarial entre los periodistas estrellas, que ganan auténticas millonadas, y el resto de su equipo, que subsiste con sueldos mileuristas. También es cierto que hay muchos medios de comunicación que son auténticos zombis mantenidos con vida artificialmente en base a intereses políticos, porque no generan beneficios como para sostenerse por sí solos. Lo hemos visto con Público y lo estamos viendo con Intereconomía, dos casos a nivel nacional pero que son muchísimos más si bajamos a nivel regional y provincial. Pero no nos engañemos, incluso en medios claramente rentables, que se dan golpes de pecho por sus excelentes cifras en cada oleada del EGM, las condiciones laborales de los que trabajan en ellos son paupérrimas comparadas con las de profesionales liberales de otros campos con similar cualificación y experiencia.

Y lo que os voy a decir ahora quizás suene a tópico, pero España está llena de excelentes periodistas, profesionales que se han formado y han empezado a trabajar con auténtica pasión, pero a los que las nefastas condiciones laborales, los salarios irrisorios o la imposibilidad de conciliar su vida laboral con la personal les está comiendo la vocación poco a poco. La calidad de una democracia también se mide por la situación de la profesión que mejor representa la libertad de expresión y el derecho a la información, lo que debería llevarnos a pensar, cuando nos quejamos de la calidad de la prensa española, que quizás tenemos el periodismo que nos merecemos.

Cuando la crítica se hace haiku

Mi crítico de cine favorito es el que escribe en El País las brevísimas reseñas de las películas que ese día se emiten por televisión. Son cuatro o cinco reseñas diarias, colocadas junto a la página de la programación televisiva, e imagino que las debe tener archivadas en alguna carpeta del disco duro de su ordenador, prestas para publicarse según el capricho de los contraprogramadores televisivos, que tanto maltratan al cine. Pero es alguien que se toma muy en serio su trabajo: sus reseñas son certeras y concisas, la crítica cinematográfica hecha haiku merced al imperativo de la maqueta del periódico.

Y precisamente eso es lo que, para mí, las hace tan brillantes. Sin el espacio del que gozan los críticos superstar, como Jordi Costa en Fotogramas o Boyero en el mismo periódico (por citar dos de los más vacuos), este reseñador anónimo no puede permitirse el lujo de escribir párrafos y párrafos de recargada y hueca retórica, debe ir al grano: breve sinopsis de la película y unas líneas para decirnos si es buena o mala. Y lo hace con un talento que, mucho me temo, pasa desapercibido para los cinéfilos que tan sólo buscan las críticas alojadas en las páginas de cultura, pasando por alto estas cápsulas de sabiduría que se esconden en la prosaica página de televisión.

Cuando mi padre traía a casa El País (edición impresa, lamentablemente en la web no encontramos estas reseñas), yo lo primero que hacía era leer estas breves reseñas. Y las leía con mayor avidez cuando encontraba alguna acompañada de un punto negro (la valoración más baja), pues sabía que en esos casos nuestro crítico anónimo destruía la película con la precisión de un bisturí; la desmontaba sin necesidad de líneas y líneas de sesuda y farragosa prosa, sino que, para mi deleite cómplice, despachaba a la película con unas breves líneas cargadas de cinismo ácido y venenoso. Aniquilaba cualquier intención de ver dicho film con la eficacia y discreción de un asesino ninja. Al ser tan breve, era como si ni siquiera se hubiera molestado mucho, como si la peli no mereciera mayor esfuerzo.

La próxima vez que El País caiga en vuestras manos hacedme caso y buscad las reseñas de la sección de TV (ya sabéis, sobre todo las que llevan un punto negro), y leeréis a uno de los mejores críticos cinematográficos que podéis encontrar. SI lo convertís en hábito, llegará el momento en que cuando leáis una crítica en la prensa especializada os digáis: “sí, muy bien, ¿pero qué diría el tío de El País de esta película?”.