Segundas ediciones y lectores que te releen

Siempre he pensado que el mayor elogio que se le puede hacer a un autor es releer alguna de sus obras. En esta época de tiempo-para-nada y novedades vaciadas con volquete sobre las mesas de las librerías, el que alguien decida regresar a una historia y unos personajes que ya conoce es un insólito acto de amor, y un gran honor para quien los imaginó y los escribió.

Desde el lanzamiento hace justo una semana de El guerrero a la sombra del cerezo, me han llegado muchas fotos de lectores que me mostraban su ejemplar, felices de poder volver a leerlo, esta vez en papel, de poder ver mi historia por fin en sus estanterías. Y yo alucino. Iría a la casa de cada uno de ellos a darles las gracias, porque además han conseguido (habéis conseguido) un fantástico efecto colateral: la editorial ha debido anunciar la 2ª edición en menos de una semana. Es imposible que sea por la recomendación de los nuevos lectores, (casi) nadie se lee una obra de más de 700 páginas en tan pocos días; se lo debo a todos aquellos que descubrieron la obra como autopublicada y que no se han cansado de recomendarla a lo largo de estos dos últimos años, a los mismos que han decidido releerla pese a tenerla ya en formato digital.

Son muchas las historias que me han llegado a lo largo de este tiempo, palabras de esas que te alientan a seguir escribiendo pese a lo inhóspito que puede resultar el negocio editorial. La de un padre que ha leído El guerrero dos veces, una para él y otra leyéndoselo en voz alta a su hijo; la de un hijo que decidió imprimir los cientos de páginas del eBook porque no lo encontraba en papel y se lo quería regalar a su padre, que se niega a leer en digital; la de una persona que me daba las gracias por ayudarle a sobrellevar una muy mala etapa, de la que podía escapar durante unas horas al día perdiéndose tras los pasos de Seizo Ikeda; la de un editor jubilado que me escribió tras leer la novela, diciéndome que no se explicaba cómo se le había pasado por alto a las grandes editoriales y ofreciéndose para intermediar con aquella para la que había trabajado… Emails y mensajes privados de esos que te dejan abrumado, porque tú lo único que pretendías era contar una historia.

Así que infinitas gracias, gracias por leerme y por releerme, gracias por enamoraros de Seizo, Kenzaburo, Ekei y O-Ine, por seguir sus pasos, por insistirle a otros para que descubran la historia de estos personajes. No puedo ir a cada casa, pero espero encontrarme con muchos de vosotros en los próximos días, en las presentaciones, en las firmas de libros. El trabajo de escritor es muy solitario, solo te sientes acompañado cuando te encuentras con un lector y ves que tu historia ha cobrado vida en su mente, cuando puedes intercambiar unas palabras. Así que os espero a todos.

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Shigeru Miyamoto, el hombre que hizo arte el videojuego

Sony ha puesto en marcha estos días la campaña #ElVideojuegoEsArte, con la que pretende alentar este viejo debate y, de paso (o sobre todo), promocionar sus productos Playstation. Como creo que esta discusión está largamente superada, yo voy a aprovechar el hashtag de los señores de Sony para hablar de Nintendo y su creativo estrella: Shigeru Miyamoto, el primer diseñador de videojuegos como tal, el primer hombre de la industria que concibió el videojuego como una forma de arte.

Resulta curioso la facilidad con que se otorga la categoría de artista en ciertas disciplinas, y el empeño con el que se niega en tantas otras. Muchos creadores son definidos como artistas por el simple hecho de dedicarse a una disciplina catalogada como tal. Pero no todos los músicos, pintores, escritores o cineastas son artistas, muchos de ellos, la mayoría, son artesanos. Hay otro tipo de artistas, sin embargo, a los que les cuesta más gozar de reputación y reconocimiento, son aquellos que, dedicándose a una actividad considerada como un simple oficio, consagrándose a una técnica, son capaces de sublimarla hasta elevarla a la categoría de arte. Ese es el caso de Shigeru Miyamoto, quien en varias ocasiones ha defendido que el videojuego no es una forma de arte, aunque su propia obra insista en llevarle la contraria.

Este japonés, nacido y criado en un pequeño pueblo rural a las afueras de Kioto, es un hombre humilde, un tanto tímido, al que su papel prominente en la industria del videojuego le ha obligado a dedicarse a labores de promoción en las que se encuentra fuera de lugar. Probablemente para su consternación, su figura ya ha trascendido su ámbito de influencia y comienza a encontrarse pisando alfombras que deben resultarle completamente ajenas. Ya le sucedió en 2006, cuando fue nombrado Caballero de la Orden Francesa de las Artes y las Letras, y volvió a pasarle en 2012, al ser galardonado con el (por entonces) premio Príncipe de Asturias de Humanidades.

Lo cierto es que la definición del videojuego como forma de arte sólo puede causar controversia entre los sectores más conservadores del mundo creativo. Desde el momento en que el videojuego integra medios de expresión similares a los del cine, como la música, el diseño artístico, el guión, la narración audiovisual y, en los últimos años, incluso la interpretación, es absurdo negarle a un videojuego la posibilidad de alcanzar la cota de obra de arte. Si no había sucedido antes es por las limitaciones técnicas iniciales del medio, que se han superado en cuestión de tres décadas, y por ser una industria joven que aún no había generado creadores sublimes. El primero de ellos es Shigeru Miyamoto.

Miyamoto, un ingeniero industrial fascinado con la obra de Walt Disney, fue el primer diseñador de videojuegos capaz de llevar su visión más allá de una propuesta jugable. Quizás más conocido por ser el creador de Super Mario, la verdadera manifestación de su talento se encuentra en la saga The Legend of Zelda.

En 1986, Shigeru Miyamoto sacudió el mundo del ocio electrónico con este cartucho para la máquina de 8 bits de Nintendo, una obra que suponía un salto cualitativo como se produce pocas veces en la historia de un medio. Usando un método de trabajo inverso al de cualquier diseñador, Miyamoto imaginó primero el juego que quería hacer, y luego buscó la manera de plasmarlo con la limitadísima tecnología de aquella época. El resultado fue un videojuego en el que, por primera vez, el objetivo no era sumar puntos o superar niveles, sino la experiencia en sí. Se trasladaba al jugador, más que un desafío, una propuesta: la de explorar un mundo abierto, la de tomar decisiones alejadas del determinismo lineal que se conocía hasta la fecha, invitándolo a descubrir a través de sus propios pasos la historia que encerraba The Legend of Zelda.

A su innovador concepto jugable debía sumarse un guion de una complejidad y trasfondo desconocidos hasta la fecha, el soberbio diseño gráfico de Takashi Tezuka y una banda sonora que lograba ser hermosa incluso a través de la tarjeta de sonido de la NES (que sólo admitía cinco canales de audio simultáneos). Una música compuesta por Koji Kondo que ha sido reinterpretada y orquestada a lo largo de los años, hasta convertirse en una de las melodías más reconocibles y de más bella factura de la historia del videojuego.

The Lenged of Zelda, versión original en 8bits

The Legend of Zelda, suite por la London Philarmonic Orchestra

El concepto de The Legend of Zelda marcó para siempre a las generaciones posteriores de jugadores y desarrolladores de videojuegos; su concepción era tan adelantada que debió transcurrir más de una década antes de que la técnica ofreciera a Miyamoto las herramientas necesarias para plasmar de forma definitiva lo que su mente había imaginado doce años antes. Lo logró con The Legend of Zelda: Ocarina of Time (1998), considerado aún a día de hoy como el mejor videojuego de la historia.

Hay pocos artistas tan influyentes en sus respectivos campos como lo ha sido Shigeru Miyamoto en el videojuego, algo que se ve favorecido por la breve historia de esta industria. Supongo que, durante algunos años, continuará habiendo voces que discrepen de la definición de videojuego como arte y de Shigeru Miyamoto como artista; son, probablemente, las voces de aquellos que no han disfrutado de la magia que subyace en estos mundos jugables, convertidos ya en universos narrativos con una profunda capacidad de evocación y evasión. En muchos casos, alentando incluso la imaginación de creadores de otras disciplinas. Exactamente igual que sucede con la buena música,el buen cine o la buena literatura.

Little America

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos remata una serie de acontecimientos que ha sumido en la perplejidad a la mayoría de nosotros. Decisiones adoptadas democráticamente por una mayoría ciudadana, no lo olvidemos, como es el caso del Brexit, el no al proceso de paz en Colombia o, ahora, la elección del controvertido magnate (por no ahondar en más rasgos de su personalidad) como líder del país más poderoso del mundo. Todas ellas comparten el rasgo de lo imprevisible, la capacidad de dejar estupefacto al observador externo, la sensación de “cómo se ha podido llegar a esto”. Es la perplejidad que muchos debieron sentir ante el auge de los nacionalismos a comienzos del siglo XX.

La democracia, en su formulación ideal, cuenta con que el ciudadano hará un esfuerzo por informarse y por formarse, alcanzará una opinión propia y fundamentada que le permitirá votar en base a criterios racionales, no a impulsos. Pero ningún sistema funciona bajo sus condiciones ideales, y esa debilidad democrática es la que explota el populismo nacionalista.

V ya nos lo dijo.
V ya nos lo dijo.

Así que nos adentramos en una nueva era del nosotros (los buenos) contra el de fuera (los malos), de creer que la solución a todos los problemas pasa por envolverse en la bandera (americana, británica, catalana, española). No es nada nuevo, suele ser una de las consecuencias directas de las crisis económicas, caldo de cultivo para el descontento generalizado y la huida hacia delante, el triunfo del “que se jodan” sin pararte a pensar que el primer jodido eres tú. Nunca faltan políticos dispuestos a apelar al sentimiento nacional, a usar la bandera para velar sus auténticos intereses, para tapar sus propias miserias. Es el viejo conflicto entre la razón y el impulso primario de rechazo a lo ajeno, la dicotomía entre la humanidad cosmopolita y la que aboga por levantar fronteras y construir muros. Lo dijo Einstein: el nacionalismo es una enfermedad infantil, y ahí sigue la humanidad, obstinada en no madurar. 

Tres meses de ‘Hijos del dios binario’

David B. Gil está firmando

Hoy hace justo tres meses que Hijos del dios binario salió a la venta, y en la industria suele considerarse que un libro es novedad durante ese primer trimestre. Después de este tiempo, va desapareciendo poco a poco de las mesas de novedades y pasando a las estanterías, donde pierde casi toda visibilidad (y de ahí, si vende poco o nada, pasa a los tan temidos paquetes de devoluciones). Aunque mucho me temo que eso de los tres meses “de gracia” es más bien una convención heredada de otra época, una en la que las editoriales publicaban a un ritmo más mesurado y las novelas tenían más tiempo para respirar en los escaparates, más espacio para encontrar a su público. A día de hoy, el aluvión de novedades que llegan a las librerías cada semana va empujando hacia el fondo de la tienda a aquellos libros que llegaron poco antes.

Hijos del dios binario

En cualquier caso, esto significa que, a partir de ahora, Hijos del dios binario tendrá que vivir de la promoción que pueda hacer por mi cuenta y, sobre todo, del boca a boca, de la recomendación de un lector a otro, que no deja de ser el mejor marketing que puede existir, tan eficaz como incontrolable. Afortunadamente, creo que la recepción de la novela está siendo bastante buena, y espero que con un poco de suerte los primeros lectores se vayan convirtiendo en prescriptores y se siga difundiendo la palabra del dios binario. El tiempo dictará sentencia; por ahora solo puedo decir que estos tres meses han sido un máster acelerado en esto de promocionar un libro, una dosis de realidad editorial reconcentrada que me ha hecho comprender, entre otras cosas, que cuesta mucho hacerse un hueco en un mercado tan saturado, y que cada ejemplar vendido es una pequeña victoria que celebrar.

Han sido tres meses de presentaciones, la primera de ellas en Málaga, flanqueado por dos colegas como Juan Cuadra y Carlos Sisí y rodeado de familia, amigos y lectores. Regocijo compartido, momentos emocionantes, muchas risas y cantidad de firmas (incluidas algunas de los maestros de ceremonia) en la única presentación que, según muchos dentro del sector, tiene sentido. Y es que a poco que uno se acerque a cualquier presentación de un escritor “foráneo”, verá que, por más bestseller que sea el autor, los asistentes se cuentan con los dedos de dos manos (o de una). A no ser que estemos hablando del famoso de turno, claro.

Mucho más eficaz es el formato empleado por la gente de Biblioforum, con charlas tematizadas sobre literatura que sirven, además, para dar a conocer al público determinadas obras y autores. En mi caso, la escritora, presidenta de Biblioforum (y muy buena amiga), Concha Perea, tuvo a bien invitarme como ponente a una charla sobre “La ciencia ficción en otros géneros” en la Fnac de Sevilla, donde compartí mesa con ella y con Luis Manuel Ruiz. Además de pasar un buen rato hablando sobre mi género literario favorito, me sirvió a modo de presentación oficiosa de Hijos del dios binario en la capital hispalense. Si a ello le sumamos que los binarios se agotaron en dicha Fnac, y casi conseguimos arrasar también con los de la Casa del Libro y El Corte Inglés (las tres tiendas se encuentran en línea recta), estoy por asegurar que el formato Biblioforum funciona mejor que bien.

Y para cerrar el ciclo de presentaciones me fui hasta Barcelona, nada más y nada menos que al Templo de la Fantasía y la Ciencia Ficción en nuestro país: la librería Gigamesh. Os diré que presentar en Gigamesh es una de las cosas más alucinantes que haré en toda mi vida. Si alguna vez pudiera volver atrás en el tiempo y hablar con el fan-lector que fui (soy y seré), le podré decir: «vas por buen camino, chaval, presentarás tu libro en Gigamesh y prologarás cómics de Watchmen». Habría sido una paradoja abierta, que la llamaría Miquel Barceló, porque probablemente hubiera muerto fulminado por la emoción en ese mismo instante y nunca hubiera podido escribir Hijos del dios binario ni los artículos para DC Comics. Por suerte, la presentación en Gigamesh me ha cogido más talludito y no solo sobreviví a la emoción, sino que logré articular un discurso más o menos inteligible. Para los que no me creáis, aquí os dejo el vídeo del evento que la librería tuvo a bien transmitir en directo a través de su canal de YouTube.

La presentación estuvo auspiciada por El Librero del Mal y mi superagente, Txell Torrent, que no solo se encargaron de que todo fuera como la seda, sino que me procuraron una estancia (y una cena) memorables, y me buscaron dos soberbios escoltas para el evento: el escritor y guionista de El Terrat, Enric Pardo, y el ubicuo Miquel Codony, uno de los tipos más leídos en cuanto a literatura de género que encontraréis por la Red. Sé que la presentación (y las activas recomendaciones de Antonio Torrubia, el ya mentado librero malevo) han ayudado mucho a que Hijos del dios binario se coloque por dos meses consecutivos en el Top de ventas de Gigamesh, así que esperemos que los señores editores den por bien sufragada la expedición y me lleven a repetir presentación el próximo año, si es que todo sale según lo previsto con El guerrero a la sombra del cerezo.

A las presentaciones hay que sumar el ciclo de entrevistas en podcasts como Los 4 navegantes (espectacular charla con los cuatro integrantes de este espacio literario, más un par de polizones que se colaron en la cubierta), además de en medios regionales y nacionales. La más especial de todas ellas, quizás por ser oyente habitual del programa, fue la que me hizo Santiago Bustamante para su programa en RNE 3: Fallo de sistema. Y es que disfrutar de un “system failure” dedicado casi íntegramente a Hijos del dios binario fue toda una experiencia que disfruté, tanto durante la grabación como escuchándolo posteriormente en la emisión.

Y por último, las sesiones de firmas, que te permiten conocer en persona a los lectores, charlar con ellos un rato, intercambiar impresiones… No exagero si digo que es lo más gratificante de todo esto de poner un libro en la calle. En mi caso he sido invitado a El Corte Inglés de Málaga, a la Casa del Libro de Sevilla y a las ferias del libro de Málaga, Sevilla y Madrid. Afortunadamente, en ningún caso tuve que confrontar el temido momento de levantarte de la silla sin haber firmado un solo ejemplar, chocarle la mano al librero y encogerte de hombros. Creo que es un miedo que sobrevuela a los autores invitados a este tipo de actos, y supongo que la situación a todos les acaba llegando tarde o temprano. En mi caso la experiencia ha ido bastante bien; no es que hayamos agotado ejemplares, pero los libreros parecían satisfechos cuando me marchaba, y supongo que eso es buena señal.

Cómo veis por el cúmulo de enlaces y fotografías que he ido soltando, este artículo es más bien una página de diario que me servirá a modo de memento de lo que han sido estos días. Y creo que también es un buen ejemplo de que esto de publicar es solo la mitad del camino; luego hay que recorrer la otra mitad, que es intentar vender tu obra. Quizás sea esta una parte de la travesía menos solitaria que la de encerrarte a escribir en tu habitación, pero también es una en la que te acompaña una responsabilidad que antes no tenías: la de saber que hay alguien que ha invertido trabajo y dinero en tu creación y espera obtener beneficios por ello; la de conocer a los lectores que aguardan lo que escribes y a los que puedes decepcionar… Y la de saber que estás en el mercado; tu novela ha pasado de ser una historia a la que diste forma para convertirse en un producto, y un producto es tan bueno como el beneficio que genere. Dicho de otra forma: como escritor, vales lo que vendes, y vender cada día está más caro. Pero nadie dijo que esto sería fácil. Seguiremos informando.

2016, año bisiesto y binario

Hace unos días devolví a la editorial las galeradas de Hijos del dios binario, la maqueta del libro con las últimas correcciones implementadas, lista para pasar a imprenta. Eso significa que puedo hacer poco más por mi novela. Supongo que habrá presentaciones, alguna que otra entrevista, quizás sesiones de firma, pero lo fundamental que puede hacer un autor por su obra, que es ofrecérsela a los lectores lo más depurada posible, ya está hecho. A partir de ahora, el que Hijos del dios binario consiga levantar el vuelo dependerá exclusivamente de los lectores. Sí, me diréis que existe el marketing editorial y demás, pero eso suele estar reservado para los autores populares, los que, paradójicamente, menos lo necesitan… El resto dependemos de que nuestra obra encuentre su público, de que funcione el boca a boca y de la suerte, que siempre juega su papel, más o menos protagonista.

Hijos del dios binario

Así que, con el trabajo esencial realizado, me ha parecido un buen momento para hacer balance de lo que ha supuesto hasta la fecha esto (tan difícil y hermético) de publicar. No porque a alguien más le puedan interesar mis impresiones, sino porque será divertido mirar atrás dentro de unos años y releer cómo fue esta etapa. Así que ya sabéis: esto es un recordatorio personal, no está aquí para vosotros, no sigáis leyendo… Simplemente lo he publicado en mi blog porque no tenía otro lugar a mano donde anotarlo.

Si aun así insistís en seguir leyendo, os recordaré que Hijos del dios binario será publicada el próximo 10 de marzo por Suma de Letras, un sello destinado al gran público perteneciente al grupo Penguin Random House, uno de los más grandes, si no el más grande, conglomerado editorial del mundo. Y todo lo que me habían contado respecto a publicar en una gran editorial era lo más parecido a firmar un pacto con el diablo: amputación del texto, cambio de título, modificaciones arbitrarias, eliminación de tramas, inclusión forzosa de escenas románticas y escarceos sexuales… Y demás sacrificios que el autor debía hacer en el altar de lo comercial y la mercadotecnia.

No soy yo quién para decir que dicho escenario es exagerado, quizás incluso sea el más frecuente (no tengo ni idea), pero desde luego no es lo que yo me he encontrado con la gente de Suma. El título sigue siendo el mismo que figuraba en el manuscrito (para mi sorpresa, mis editores se mostraron incluso entusiasmados con el nombre); no han tocado ni una sola trama, ni un solo personaje, ni un solo párrafo; han revisado el texto con una dedicación y cariño tal que, para alguien como yo, acostumbrado a batirse en solitario con sus propias erratas y fallos de estilo, resulta casi emocionante. Cuando me han sugerido alguna modificación, siempre lo han hecho de manera respetuosa y argumentada, y han procurado que en todo momento sintiera que yo tenía pleno control sobre el proceso. Quizás sea un afortunado que he caído en un oasis dentro de esta industria, pero mi experiencia con los profesionales de Suma ha sido, hasta el momento, inmejorable.

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No creáis que pierdo la perspectiva. Sé que soy una rueda más en el engranaje: una editorial como Suma publica entre dos y cuatro títulos a la semana, un volumen de lanzamientos muy similar al del resto de grandes sellos de la industria, lo que permite hacerse una idea de lo difícil que resulta subsistir en la mesa de novedades, pues a la semana siguiente de que tu libro salga a la venta (tu libro, en el que has invertido dos años de trabajo), llegará otra marea de novedades que te empujará fuera de esa mesa a la que tanto te ha costado llegar. Así funciona la industria, es algo que no gusta ni a autores ni a libreros, quizás tampoco al público, pero ahora mismo son las reglas del juego. Injustas, implacables, pero no más que mi experiencia hasta la fecha: en Amazon no existe el cuello de botella de las editoriales pero, precisamente por ello, la oferta es tan vasta y caótica que una novela tiene ínfimas posibilidades de mantenerse por encima del umbral de visibilidad. Al final, tanto en la publicación como en la autopublicación, todo depende de encontrar un público que disfrute y recomiende tus historias.

He de decir, no obstante, que el proceso de edición no ha sido lo único bueno de esta experiencia. Lo mejor ha sido conocer a una serie de personas que han decidido acoger la obra como suya, entusiasmarse con la historia y depositar fe en mis posibilidades como autor (fe que reconforta, pero que también conlleva una carga de responsabilidad que uno mira con cierta inquietud). Comenzando por mi agente, a la que le digo que todo esto es gracias a ella tantas veces como ella me dice que es mérito de la novela; continuando por mis editores, que no sólo apostaron por publicar a un autor desconocido (lo que ya es bastante, tal como está el patio), sino que también apostaron por mi otra novela, esa historia de samuráis que parecía no tener cabida en el mercado español, y decidieron firmarla sin siquiera esperar a ver cómo funcionaba Hijos del dios binario… Y terminando por un peculiar grupo de aliados en las sombras (como cierto librero que se dice del mal, pero que todos sabemos mucho menos malevo de lo que él se cree) y que, sospecho, algo tienen que ver en el hecho de que la novela se encuentre en varias listas de “lo más esperado de 2016”.

Ha sido un camino largo hasta aquí; el próximo 10 de marzo se cumple una nueva etapa, una crucial que definirá en gran medida cómo serán las siguientes. Pero cualquiera que sea el resultado, ya puedo decir que esta locura de intentar publicar ha merecido la pena. Y eso es mucho.

‘Alias’, el cómic que nos presentó a Jessica Jones

Alias Jessica Jones CoverHoy es el estreno mundial de Marvel’s Jessica Jones, la nueva serie producida por Netflix para Marvel Television que, como viene siendo costumbre en el canal online, viene precedida de unas críticas entusiastas. Así que en los próximos meses nos familiarizaremos con el personaje, pero, ¿qué hay del cómic en el que se basa? Quizás no sea tan conocido para el gran público como otras franquicias de “La Casa de las Ideas”, pero Alias es, sin duda, uno de los mejores cómics Marvel de la pasada década. Escrito por Brian Michael Bendis e ilustrados por Michael Gaydos, esta serie limitada fue probablemente el mejor exponente de lo que el editor Joe Quesada quería lograr a principios de siglo con el nuevo sello MAX: historias ambientadas en el Universo Marvel tradicional, pero contadas con un estilo y un lenguaje adultos que habrían hecho saltar por los aires el otrora ineludible “Comics Code”.

De este modo, y con más de tres décadas de retraso, Marvel daba la réplica al prestigioso sello Vertigo de DC Comics, lanzando a la calle una serie de colecciones y series limitadas que, con el “explicit content” estampado en la portada, nos daba una perspectiva muy diferente de un universo que creíamos conocer a fondo. Muchos de los personajes que pulularon (y pululan) por las colecciones MAX eran habituales de las cabeceras Marvel tradicionales, es el caso de irredentos como Punisher, que aquí sin embargo eran retratados de una manera menos heroica y más humanizada, dejando claro que el género puede dar mucho más de sí si se le libera de las restricciones que impone una audiencia juvenil.

Otros personajes, por el contrario, fueron específicamente creados para la nueva línea editorial, y ese es el caso de la dama que nos ocupa. Jessica Jones (interpretada en la ficción televisiva por Krysten Ritter) fue, de hecho, la encargada de inaugurar el sello MAX. Imaginada por un Brian Michael Bendis en su mejor momento creativo e ilustrada por un estiloso y poco popular Michael Gaydos, la Señorita Jones encarnaba un nuevo tipo de héroe hasta ahora desconocido por los lectores de Marvel. Superheroína fracasada, malhablada (y aquí no hay “*&#$@” que valgan), con tendencia a emborracharse hasta caer redonda, propensa al sexo como pasatiempo y dolorosamente honesta consigo misma, Jones es la protagonista que el cómic americano mainstream necesitaba urgentemente, exenta de clichés y sin sexualizar (pese a su saludable promiscuidad), capaz de romper con una serie de tabúes que hasta ahora sólo se habían transgredido en editoriales periféricas como Dark Horse, pero que siempre se habían respetado en Marvel, uno de los dos pilares de una industria hasta hace poco centrada en un público eminentemente juvenil.

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Sin duda, Quesada tenía en mente qué autores podían dar lo mejor de sí en este nuevo escenario, y decidió apostarlo todo a un Michael Bendis que, por aquel entonces, se había consagrado en la excelente Ultimate Spiderman (cómic para masas, pero absolutamente de autor, ya que desde sus comienzos hasta hoy ha tenido un solo guionista).  Con total libertad creativa, algo que se tiene pocas veces cuando trabajas para una de las dos grandes, Bendis logra construir un personaje memorable que llegó a cautivar a todo tipo de públicos, incluso a los menos amantes del género. Un personaje que, si tuviéramos que definir con una sola palabra, esa sería “verosímil”.

Y es que no hay una sola viñeta en la que no te creas por completo a Jessica Jones, exmiembro de segunda fila de los Vengadores que se siente desplazada en semejante mundo de locos. Así, expulsada del olimpo de los superhéroes, abre en Manhattan una oficina de investigación privada, Alias, en la que se ve obligada a aceptar todo tipo de casos por una mera cuestión de supervivencia económica. Bendis hace un alarde de creatividad enfrentando a nuestra protagonista a investigaciones de lo más dispares, algunas relacionadas con el mundo de los justicieros enmascarados, otras más triviales y mundanas, pero siempre con la peculiaridad de que ponen a prueba  la integridad o la astucia de esta peculiar detective privada.

Alias Jessica Jones 3

Con un formato de historias autoconclusivas que ocupan varios capítulos, el escritor de Cleveland consigue atrapar a la audiencia con unas tramas dramáticas en algunos casos, extravagantes en otros, pero siempre con la capacidad de llamar nuestra atención desde un principio y resultar satisfactorias en su desenlace. El principal gancho de Alias, no obstante, es su peculiar protagonista, que vamos conociendo mejor según se van sucediendo los casos y que, poco a poco, se nos desvela como una mujer compleja y no pocas veces contradictoria, desastrosa en muchos aspectos de su vida, decididamente independiente, un tanto ansiosa por lograr cierta estabilidad vital, pero sobre todo resuelta a hacer el bien en la medida de lo posible. Otro tipo de héroe. 8

Alias
Brian Michael Bendis & Michael Gaydos
Marvel (línea MAX). Publicado en España por Panini: 2 vol. en rústica, 350 páginas, color, 16,5€ c/uno

El mensaje político tras ‘V de Vendetta’

El 5 de noviembre es una fecha marcada con tinta roja en la historia del noveno arte gracias a V de Vendetta, una de las obras magnas de Alan Moore, en la que el británico hace su peculiar canto al anarquismo a través de uno de los personajes más carismáticos de la historia del medio: V. Ya sabéis: “recuerda, recuerda el 5 de noviembre”.

Para los que no sepáis qué sucedió el 5 de noviembre de 1605, habría que decir que ese día el terrorista Guy Fawkes, brazo ejecutor de la que se dio en llamar “conspiración de la pólvora”, intentó volar por los aires el Parlamento Británico con todos los representantes del pueblo dentro. El atentado fracasó, y lo que durante siglos se ha celebrado en Gran Bretaña como un triunfo contra aquellos que intentaron desestabilizar el reino de Inglaterra y la Iglesia  Anglicana, fue tomado y reinterpretado por Alan Moore y David Lloyd como símbolo de la lucha de un solo hombre contra un estado corrupto y opresor. Así, V se cubre el rostro con la máscara de Guy Fawkes, “el único hombre que ha entrado en el Parlamento con honestas intenciones”, y comienza su lucha justo donde fracasó la del original: volando por los aires la Cámara de los Lores.

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Con tan explosiva y simbólica overture comienza V de Vendetta, que nos narra la lucha de un solitario terrorista contra el régimen totalitario, ultrarreligioso y homófobo que gobierna en Gran Bretaña. Aunque el cómic se ambienta en un futuro distópico (en la tradición de muchas de las grandes obras de la ciencia ficción anglosajona), a ningún lector de la época se le escapaba que el joven Moore estaba retratando su personal visión de la realidad política del Reino Unido en la década de los 80, gobernado por la muy conservadora Iron Lady: Margaret Thatcher. El cómic, que comenzó a publicarse en la revista inglesa Warrior en 1980 y que fue reeditado y completado por DC en 1982, apelaba al espíritu crítico de los lectores e instaba a un papel activo del pueblo, que de permanecer inane, parecían decirnos sus autores, se encaminaba al futuro descrito en la ficción, en manos de una clase política corrupta y carente de moral.

A través de 300 páginas, Moore y Lloyd hacen una crítica feroz no sólo al totalitarismo, sino también a la sociedad de consumo y los medios de comunicación como aparatos usados por la clase dominante para adormecer la conciencia colectiva. Como alternativa a este gobierno de unos pocos sobre la mayoría, Alan Moore plantea por boca de V una única alternativa: la anarquía. No la anarquía como ausencia de orden, sino como “el orden voluntario aceptado por hombres libres” y no impuesto por un sistema de gobierno coercitivo.

recuerda el 5 de noviembre

Estas tesis sociopolíticas están ferozmente expuestas a través del personaje de V, un agente del caos y la destrucción, desestabilizador del régimen vigente a través de sus atentados y asesinatos. Pero son validadas a través de la joven Evey Hammond, una muchacha idealista empujada a la prostitución por la crisis económica que atraviesa el país, a la que V salva de la policía y suma a su causa. Así, si V es la fuerza destructora, un terrorista metódico e implacable, Evey es la fuerza creadora que deberá guiar al pueblo hacia la libertad una vez el sistema se rompa en mil pedazos, y con este fin la prepara V, su mentor a lo largo del cómic.

v de vendettaEn los aspectos estrictamente formales de esta serie limitada de 10 números (no la llaméis novela gráfica, porque no fue ideada como tal), cabría destacar la profundidad de los lápices de David Lloyd, que crea un escenario oscuro y opresivo para la historia, con unas ilustraciones donde las sombras son más importantes que lo que se nos muestra, dotando, además, al personaje de V de una poderosa presencia que se ha convertido ya en todo un icono cultural. También se podría ensalzar la detallada narrativa de Moore, que vuelve a ofrecernos un mundo complejo lleno de recovecos y auto referencias que sólo se descubren cuando has leído el cómic varias veces; o subrayar que, pese a la densidad argumental, V de Vendetta se lee y se comprende sin resultar tediosa.

Es cierto que Alan Moore era aquí un autor joven que aún no dominaba la narración como en obras posteriores, también es cierto que hay cierto exceso en el número de personajes y que a todos se los intenta dotar de un trasfondo dramático de peso, lo que quizás termina por hacer la obra más enrevesada de lo necesario. Pero son males menores ante la potencia de un autor en pleno éxtasis creativo y firmemente convencido del mensaje que lanza al mundo. Un mensaje que, por cierto, alerta de muchos de los males que nuestro mundo adolece hoy día: desde la pérdida de libertades en aras de una mayor seguridad colectiva, hasta la necesidad de que el pueblo levante la voz contra un sistema corrupto y de codicia insaciable; un mensaje que sigue teniendo réplica en productos tan recientes como la televisiva Mr. Robot.

Así que, si aún no habéis leído V de Vendetta, hoy es un buen día para hacerlo, porque varias décadas después su mensaje continúa igual de vigente. No en vano, V ha sido rescatado 30 años después por el imaginario colectivo como estandarte de la lucha contra un sistema colapsado. Eso nos da una idea de cuán poderoso es el símbolo creado por Alan Moore y David Lloyd.

Anonymous

V de Vendetta
Alan Moore & David Lloyd
Vertigo (DC Comics). Editado en España por Planeta De Agostini Comics (400 páginas, cartoné, 35€) y ECC Ediciones (288 páginas, rústica, 16,95€)

‘El Marciano’: un náufrago en el “mar rojo”

El Marciano es, probablemente, la obra de ciencia ficción dura (hard SF, que lo llaman los anglosajones) más relevante de los últimos años; o por lo menos, la que ha gozado de más popularidad. Que no os engañe el apelativo, pues lo de hard viene por la relevancia que la obra da a los aspectos científicos del relato ya que, en realidad, apenas pisa el terreno de la ciencia ficción (excepto por el hecho de ambientarse en un futuro cercano en el que las misiones tripuladas a Marte ya son una realidad). Si esto va de etiquetas, una más clarificadora sería la de “thriller de supervivencia científica”. Sí, me lo acabo de inventar.

Pero vayamos por parte: ¿de qué va El Marciano? La primera novela de Andy Weir nos cuenta las desventuras del primer “náufrago” en Marte, Mark Watney, ingeniero botánico de la misión Ares 3 que, tras ser dado por muerto en una tormenta de arena, es abandonado por su tripulación. Con esta premisa Weir articula un relato que gira en torno a dos  tramas: la odisea de Watney por sobrevivir en el planeta rojo y, paralelamente, los esfuerzos de la NASA para organizar una misión de rescate antes de que su astronauta muera por falta de suministros.

La novela fue originalmente publicada por capítulos en el blog científico del autor para, posteriormente, autoeditarse en Amazon al precio más bajo que permite la plataforma de ebooks en Estados Unidos: 0,99 dólares. No pasó mucho tiempo antes de que Penguin-Random House se decidiera a publicar en papel esa historia que estaba arrasando en formato digital, y poco más hasta que Hollywood decidiera rodarla, estrenándose hoy viernes en España la adaptación dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon.

Marte: Misión Rescate

Pero éxito aparte, ¿es El Marciano un buen libro? Rotundamente, sí. ¿Tiene fallos? Rotundamente, también. Y me temo que muchos están relacionados con esa vertiente ultratecnófila de la historia. Pero los aciertos pesan mucho más que los desaciertos. Para empezar, Weir se apoya en una premisa harto conocida (la del superviviente solitario), pero sabe darle la vuelta de tuerca necesaria para que resulte novedosa y atractiva. Continúa con un desarrollo de la historia verosímil, sin trucos de prestidigitación, con la sabia decisión de que la suerte siempre juegue en contra de nuestro protagonista, pues no hay ningún deus ex machina en El Marciano: Marte es tan hostil e hijo de puta como cabría esperar, y Mark Watney, como buen McGiver interplanetario, sólo cuenta con su ingenio y el instrumental que la misión Ares deja atrás para sobrevivir.

Más puntos a favor de El Marciano: todo lo que se desarrolla en la Tierra es tan interesante como lo que sucede en Marte. El autor realmente logra implicarnos  en la carrera contrarreloj coordinada desde la NASA para salvar la vida del protagonista; y lo hace merced a la creación de unos personajes carismáticos, unos diálogos vibrantes e ingeniosos, perfectamente inteligibles pese a la verborrea técnica, con picos de excelencia narrativa como el lograr que el lanzamiento de una sonda espacial te haga contener el aliento durante páginas.

La novela ha sido publicada en España por el sello Nova de Ediciones B.
La novela ha sido publicada en España por el sello Nova de Ediciones B.

Y remato con el que es, probablemente, el mayor acierto de la novela: su protagonista. Mark Watney es un tipo inteligente y con un enorme sentido del humor (de verdad que os vais a reír más de una vez), un listillo entrañable con el que empatizas y al que quieres que las cosas le salgan bien; no porque sea un héroe o encarne los mayores valores humanos, sino porque es un tío normal que las está pasando canutas y, joder, se merece que algo le salga bien. Un retrato del personaje que, me temo, se perderá en el cine, pues ya en el tráiler tiene más pinta de héroe de acción que de científico.

¿Dónde pincha, entonces, la novela? Desde mi punto de vista, la obsesión del autor por detallarnos pormenorizadamente todas las chapuzas e improvisaciones técnicas que el protagonista debe acometer, con exhaustivas explicaciones sobre física, botánica, electrónica, astrofísica… terminan por saturar al lector, y más de uno se encontrará tirando de lectura en diagonal en esos pasajes. Por supuesto que debía haber algo de eso en la historia, es evidente el nivel de documentación de Andy Weir y es normal que el texto lo transpire, pero no hasta el punto de apabullar al lector con explicaciones de índole técnica que en muchos casos son, me temo, innecesarias. Puede que haya quien lo disfrute, pero no me extrañaría que muchos otros acaben abandonando el libro ante este exceso de tecnicismos.

Por otra parte, hay ciertas trampas narrativas empleadas por el autor que me han hecho torcer el gesto. La más llamativa, probablemente, es que desde un principio la acción en Marte se nos cuenta a través de las entradas que Mark Watney va haciendo en la bitácora de la misión; es decir, una narración epistolar. Mientras que para los acontecimientos que transcurren en la Tierra se emplea un narrador en tercera persona. Lo que podría ser un acierto, ya que ayuda a diferenciar los dos escenarios de la acción empleando una voz narrativa para cada uno, acaba por venirse abajo cuando el autor empieza a utilizar también la narración en tercera persona para aquellas escenas de Marte que no sabe relatar mediante la narración epistolar. Una incongruencia bastante grosera que podría haberse evitado modificando algunos puntos del guion o, simplemente, buscando una forma de plasmarlos sin alterar la voz narrativa. Sinceramente, me parece un error grueso que no está al nivel del resto de la novela.

Al margen de esto, El Marciano es una buena novela, bien estructurada y desarrollada, divertida en muchos momentos y emocionante en otros, cuyos puntos flacos no van a impedir que os la recomiende encarecidamente. 8

‘Ama’, las “mujeres del mar” de Shima

Cuando uno se anda documentando se viene a topar con fragmentos de la Historia que son auténticas perlas (me vais a perdonar el juego de palabras), tanto que no puede dejar de contarlo al que quiera escucharlo. Ha sido el caso de las ama, literalmente, “mujeres del mar”, las recolectoras de perlas de la costa de Shima en Japón. Había escuchado hablar de ellas antes y las había visto retratadas en algunos mangas históricos como curtidas buceadoras que se sumergían desnudas en el mar, con solo un cuchillo entre los dientes para realizar su labor. Había dado por sentado que se trataba de una visión distorsionada de una realidad histórica, dado como es el seinen manga a sexualizar y exagerar determinados acontecimientos. Sin embargo, esta imagen no se desviaba tanto de la realidad.

Fotografía de Eishin Osaki.
Fotografía de Eishin Osaki.

Las ama existen desde hace más de mil años (la primera constancia documental de ellas procede del poemario Man’yôshû, datado en el 759 d.C.), y durante todo este tiempo su oficio ha consistido en bucear en apnea para recolectar los moluscos, esencialmente ostras, que crecen en los fondos marinos de la escarpada costa de Shima. Más allá de su poderosa capacidad de evocación (no es extraño que se las mencione en un poemario), lo cierto es que se trataba de una labor dura y peligrosa, máxime si tenemos en cuenta las gélidas temperaturas de este litoral y que, durante siglos, la han acometido sin más equipo que el pincho utilizado para arrancar las ostras, un tanga fundoshi para facilitar sus movimientos, y la cuerda empleada para guiarlas de regreso a la superficie.

‡“€„Fotografía de Fosco Mariani.
‡“€„Las herramientas de una ‘ama’ (Fosco Mariani).

Una ama comenzaba a aprender el oficio a los 13 años, iniciándose con inmersiones de 5 metros como máximo. Hasta los 30 años no se convertían en funado, considerándoselas entonces buceadoras plenamente experimentadas capaces de hacer inmersiones de hasta 20 metros de profundidad. Se consideraba que una ama alcanzaba las plenas facultades a los 50 años, y la mayoría practicaba el oficio hasta los 70, aproximadamente. Empleaban técnicas de respiración para evitar dañarse los pulmones, llegando a permanecer incluso dos minutos bajo el agua. Tras inmersiones prolongadas exhalaban el aire lentamente, separando levemente los labios y emitiendo un largo silbido conocido como isobue.

Una ama se sumerge sujetando la cuerda entre sus piernas (Fosco Mariani).
Una ‘ama’ se sumerge sujetando la cuerda entre sus piernas (Fosco Mariani).

No hay una explicación evidente de por qué se trataba en una labor exclusivamente femenina. Desde un punto de vista sociológico, se conjetura que fue una actividad paralela que surgió de manera natural en las comunidades de pescadores de la costa de Shima. Los hombres se embarcaban para pescar en alta mar, y las mujeres, que quedaban atrás para dedicarse a cuidar de los cultivos y los niños, encontraron en la recolección de algas y moluscos un aporte más a la economía familiar. Otras teorías son de orden fisiológico, apuntando a que el cuerpo de la mujer, al tener mayor cantidad de grasa sobre los músculos, podía soportar mejor las largas jornadas de inmersión.

Dos 'ama' modernas mariscando entre las olas (Yoshiyuki Awase).
Dos ‘ama’ modernas mariscando entre las olas (Yoshiyuki Awase).

En cualquier caso, el oficio de las ama ha cambiado a lo largo de los siglos, aunque no de manera sustancial. Tradicionalmente estas mujeres eran recolectoras y mariscadoras, y el hallazgo de una perla era un golpe de fortuna que podía garantizar el bienestar familiar durante varios años. Esto cambió cuando el empresario local Kokichi Mikimoto consiguió cultivar las primeras perlas de manera artificial. A partir de entonces, muchas ama comenzaron a trabajar en el cultivo de perlas, siendo las encargadas de extraer las ostras a la superficie, donde se les insertaba el núcleo extraño que daría origen a la perla, y devolverlas al lecho marino para su posterior recolección. La actividad pronto comenzó a atraer al turismo extranjero, y Mikimoto solicitó a sus empleadas que comenzaran a cubrirse con paños blancos, debido a la contrariedad que producía entre los turistas su desnudez.

El oficio de las ama ha sobrevivido hasta nuestros días; desde mediados del pasado siglo algunas han comenzado a utilizar equipos moderno de buceo, como gafas, aletas y trajes de neopreno. Aun así, continúa siendo una actividad dura y exigente, lo que ha impedido que vayan surgiendo nuevas generaciones que mantengan la tradición. Probablemente, tarde o temprano las ama acaben desapareciendo, y el mejor testimonio de su oficio será el trabajo de fotógrafos como Yoshiyuki Iwase, Eishin Osaki o Fosco Mariani.

Fotografía de Fosco Mariani.
Fotografía de Fosco Mariani.