2016, el año que viví como escritor

Echando la vista atrás para poner un poco en orden qué ha supuesto para mí este 2016, creo que la mejor forma de resumirlo es como el año en que me convertí en escritor. Una definición peculiar, dirán algunos, teniendo en cuenta que ya en 2014 había escrito mi segunda novela y que en 2015 comencé a trabajar en la tercera (la que ahora me roba el sueño), pero personalmente creo que uno es escritor cuando los demás comienzan a considerarte como tal, y para mí eso ha sucedido este pasado año.

Hasta hace poco, escribir había sido una actividad solitaria que rara vez existía más allá de las cuatro paredes de mi estudio: los amigos no solían preguntarte por las ventas o por lo que andabas escribiendo; los lectores no tenían rostro y, a menudo, tampoco nombre, solo podías conocerlos a través de un avatar o una reseña en Amazon; tampoco conocía a otros escritores con los que hablar de cosas de escritores, y mucho menos a editores que estuvieran pendientes de mis textos. No me entrevistaban en los medios ni nadie me pedía artículos o colaboraciones sobre temas de los que me creen expertos (ja). En definitiva, escribir era algo bastante íntimo, una suerte de reclusión en mi personal fortaleza de la soledad, pero los muros de hielo saltaron por los aires a raíz de la publicación de Hijos del dios binario el pasado mes de marzo.

Y ese ha sido el otro factor que me lleva a considerar 2016 mi primer año como escritor: por vez primera, la actividad literaria ha desbordado los diques y ha ocupado toda mi vida; no he tenido tiempo para estudiar o para trabajar en ninguna otra cosa, dedicando todas las horas “lectivas” a escribir, documentarme, editar, preparar charlas, presentaciones y “promocionar”, ese término demasiado amplio que abarca desde la exigencia de estar en las redes sociales hasta las entrevistas con cualquiera que te lo pida, ya sean TV locales, radios regionales, podcasts literarios o matinales a nivel nacional con un millón de oyentes (¿os he dicho ya que a los periodistas nos resulta incómodo el asiento del entrevistado?).

Un año difícil de abarcar, si os digo la verdad, porque aquello que se vive por primera vez se vive más intensamente, y porque cuando experimentamos lo nuevo el tiempo se dilata falseando nuestra percepción. Parece que hayan pasado años desde la presentación de Hijos del dios binario en Málaga (allá por el 17 de marzo), y apenas han sido 10 meses. Una celebración, más que una presentación, en la que esperaba a la familia y a los amigos (gracias a Juan Cuadra y Carlos Sisí por sentarse a la mesa conmigo y cubrirme las espaldas), pero que me sorprendió con la presencia, además, de lectores a los que no conocía de nada, gente que estaba ahí porque había leído El guerrero a la sombra del cerezo y, sencillamente, les interesaba lo que yo escribía.

Otra de las fotografías que me deja el año es una segunda presentación, esta vez en la mítica librería Gigamesh de Barcelona, catedral de la literatura de género en este país. Arropado por mi Agente-Bruja y por el Librero del Mal, y flanqueado en la mesa por Miquel Codony y Enric Pardo, presentar mi libro en un lugar tan mítico, del que uno ya leía en los fanzines de adolescencia, ha sido uno de los más inesperados logros que he desbloqueado en este juego de la vida.

Y como una ráfaga de obturador rápido, al echar la vista atrás también me llegan las sesiones de firmas en el Corte Inglés, en la FNAC, junto a esa escritora hiperactiva e hiperencantadora que es Concepción Perea, o en las ferias del libro de Málaga, Sevilla y Madrid. Quedan los rostros sonrientes y la necesidad de improvisar dedicatorias que no se repitan, pero sobre todo queda la honda huella que te dejan los lectores. A lo largo de este año no ha dejado de sorprenderme que la mayoría de los que se acercaban a mi mesa lo hacían porque habían leído El guerrero a la sombra del cerezo. Su entusiasmo por la historia, su implicación con unos personajes que han hecho suyos, y esa expresión de agradecimiento hacia quien los ha escrito, es una de las cosas más abrumadoras que he sentido en mi vida. Y es adictivo, vaya si lo es.

Podría seguir hablando de la tinta digital que se ha derramado sobre Hijos del dios binario (ser publicado por una editorial como Suma de Letras te pone un foco encima, aunque estés lejos de ser uno de los puntales de su catálogo), del programa especial sobre la novela emitido en Fallo de sistema, de la cobertura en podcast, blogs, televisiónprensa y emisoras de radio, pero creo que el balance más importante está hecho.

¿Qué he aprendido a lo largo de este año? Aún no lo tengo claro. Saco conclusiones aisladas, pero me cuesta conectarlas para conformar un “gran aprendizaje” de todo esto. He constatado cosas que sabía de oídas, como lo difícil que es vender libros en España; he descubierto otras nuevas, como lo equívoco que es el concepto de éxito en nuestra sociedad, en la que muchos creen que por ver tu libro en la FNAC o por aparecer en los medios ya has triunfado en eso que te propusiste. Pero si algo me ha quedado claro es que la mayoría de autores estamos de paso en el negocio: escribir es un oficio muy castigado en este país, y el escritor, entendido como ese animal que vive de lo que escribe y que publica y publica a lo largo de los años, está en vías de extinción. 2016 es mi primer años como escritor, pero no sé si será el primero de muchos. Por el momento, en 2017 vuelvo a pisar la arena: El guerrero a la sombra del cerezo, la novela que me ha obsesionado durante años, se publica en papel. Un nuevo impulso a la rueda, se reinicia el ciclo.

Tres meses de ‘Hijos del dios binario’

David B. Gil está firmando

Hoy hace justo tres meses que Hijos del dios binario salió a la venta, y en la industria suele considerarse que un libro es novedad durante ese primer trimestre. Después de este tiempo, va desapareciendo poco a poco de las mesas de novedades y pasando a las estanterías, donde pierde casi toda visibilidad (y de ahí, si vende poco o nada, pasa a los tan temidos paquetes de devoluciones). Aunque mucho me temo que eso de los tres meses “de gracia” es más bien una convención heredada de otra época, una en la que las editoriales publicaban a un ritmo más mesurado y las novelas tenían más tiempo para respirar en los escaparates, más espacio para encontrar a su público. A día de hoy, el aluvión de novedades que llegan a las librerías cada semana va empujando hacia el fondo de la tienda a aquellos libros que llegaron poco antes.

Hijos del dios binario

En cualquier caso, esto significa que, a partir de ahora, Hijos del dios binario tendrá que vivir de la promoción que pueda hacer por mi cuenta y, sobre todo, del boca a boca, de la recomendación de un lector a otro, que no deja de ser el mejor marketing que puede existir, tan eficaz como incontrolable. Afortunadamente, creo que la recepción de la novela está siendo bastante buena, y espero que con un poco de suerte los primeros lectores se vayan convirtiendo en prescriptores y se siga difundiendo la palabra del dios binario. El tiempo dictará sentencia; por ahora solo puedo decir que estos tres meses han sido un máster acelerado en esto de promocionar un libro, una dosis de realidad editorial reconcentrada que me ha hecho comprender, entre otras cosas, que cuesta mucho hacerse un hueco en un mercado tan saturado, y que cada ejemplar vendido es una pequeña victoria que celebrar.

Han sido tres meses de presentaciones, la primera de ellas en Málaga, flanqueado por dos colegas como Juan Cuadra y Carlos Sisí y rodeado de familia, amigos y lectores. Regocijo compartido, momentos emocionantes, muchas risas y cantidad de firmas (incluidas algunas de los maestros de ceremonia) en la única presentación que, según muchos dentro del sector, tiene sentido. Y es que a poco que uno se acerque a cualquier presentación de un escritor “foráneo”, verá que, por más bestseller que sea el autor, los asistentes se cuentan con los dedos de dos manos (o de una). A no ser que estemos hablando del famoso de turno, claro.

Mucho más eficaz es el formato empleado por la gente de Biblioforum, con charlas tematizadas sobre literatura que sirven, además, para dar a conocer al público determinadas obras y autores. En mi caso, la escritora, presidenta de Biblioforum (y muy buena amiga), Concha Perea, tuvo a bien invitarme como ponente a una charla sobre “La ciencia ficción en otros géneros” en la Fnac de Sevilla, donde compartí mesa con ella y con Luis Manuel Ruiz. Además de pasar un buen rato hablando sobre mi género literario favorito, me sirvió a modo de presentación oficiosa de Hijos del dios binario en la capital hispalense. Si a ello le sumamos que los binarios se agotaron en dicha Fnac, y casi conseguimos arrasar también con los de la Casa del Libro y El Corte Inglés (las tres tiendas se encuentran en línea recta), estoy por asegurar que el formato Biblioforum funciona mejor que bien.

Y para cerrar el ciclo de presentaciones me fui hasta Barcelona, nada más y nada menos que al Templo de la Fantasía y la Ciencia Ficción en nuestro país: la librería Gigamesh. Os diré que presentar en Gigamesh es una de las cosas más alucinantes que haré en toda mi vida. Si alguna vez pudiera volver atrás en el tiempo y hablar con el fan-lector que fui (soy y seré), le podré decir: «vas por buen camino, chaval, presentarás tu libro en Gigamesh y prologarás cómics de Watchmen». Habría sido una paradoja abierta, que la llamaría Miquel Barceló, porque probablemente hubiera muerto fulminado por la emoción en ese mismo instante y nunca hubiera podido escribir Hijos del dios binario ni los artículos para DC Comics. Por suerte, la presentación en Gigamesh me ha cogido más talludito y no solo sobreviví a la emoción, sino que logré articular un discurso más o menos inteligible. Para los que no me creáis, aquí os dejo el vídeo del evento que la librería tuvo a bien transmitir en directo a través de su canal de YouTube.

La presentación estuvo auspiciada por El Librero del Mal y mi superagente, Txell Torrent, que no solo se encargaron de que todo fuera como la seda, sino que me procuraron una estancia (y una cena) memorables, y me buscaron dos soberbios escoltas para el evento: el escritor y guionista de El Terrat, Enric Pardo, y el ubicuo Miquel Codony, uno de los tipos más leídos en cuanto a literatura de género que encontraréis por la Red. Sé que la presentación (y las activas recomendaciones de Antonio Torrubia, el ya mentado librero malevo) han ayudado mucho a que Hijos del dios binario se coloque por dos meses consecutivos en el Top de ventas de Gigamesh, así que esperemos que los señores editores den por bien sufragada la expedición y me lleven a repetir presentación el próximo año, si es que todo sale según lo previsto con El guerrero a la sombra del cerezo.

A las presentaciones hay que sumar el ciclo de entrevistas en podcasts como Los 4 navegantes (espectacular charla con los cuatro integrantes de este espacio literario, más un par de polizones que se colaron en la cubierta), además de en medios regionales y nacionales. La más especial de todas ellas, quizás por ser oyente habitual del programa, fue la que me hizo Santiago Bustamante para su programa en RNE 3: Fallo de sistema. Y es que disfrutar de un “system failure” dedicado casi íntegramente a Hijos del dios binario fue toda una experiencia que disfruté, tanto durante la grabación como escuchándolo posteriormente en la emisión.

Y por último, las sesiones de firmas, que te permiten conocer en persona a los lectores, charlar con ellos un rato, intercambiar impresiones… No exagero si digo que es lo más gratificante de todo esto de poner un libro en la calle. En mi caso he sido invitado a El Corte Inglés de Málaga, a la Casa del Libro de Sevilla y a las ferias del libro de Málaga, Sevilla y Madrid. Afortunadamente, en ningún caso tuve que confrontar el temido momento de levantarte de la silla sin haber firmado un solo ejemplar, chocarle la mano al librero y encogerte de hombros. Creo que es un miedo que sobrevuela a los autores invitados a este tipo de actos, y supongo que la situación a todos les acaba llegando tarde o temprano. En mi caso la experiencia ha ido bastante bien; no es que hayamos agotado ejemplares, pero los libreros parecían satisfechos cuando me marchaba, y supongo que eso es buena señal.

Cómo veis por el cúmulo de enlaces y fotografías que he ido soltando, este artículo es más bien una página de diario que me servirá a modo de memento de lo que han sido estos días. Y creo que también es un buen ejemplo de que esto de publicar es solo la mitad del camino; luego hay que recorrer la otra mitad, que es intentar vender tu obra. Quizás sea esta una parte de la travesía menos solitaria que la de encerrarte a escribir en tu habitación, pero también es una en la que te acompaña una responsabilidad que antes no tenías: la de saber que hay alguien que ha invertido trabajo y dinero en tu creación y espera obtener beneficios por ello; la de conocer a los lectores que aguardan lo que escribes y a los que puedes decepcionar… Y la de saber que estás en el mercado; tu novela ha pasado de ser una historia a la que diste forma para convertirse en un producto, y un producto es tan bueno como el beneficio que genere. Dicho de otra forma: como escritor, vales lo que vendes, y vender cada día está más caro. Pero nadie dijo que esto sería fácil. Seguiremos informando.

2016, año bisiesto y binario

Hace unos días devolví a la editorial las galeradas de Hijos del dios binario, la maqueta del libro con las últimas correcciones implementadas, lista para pasar a imprenta. Eso significa que puedo hacer poco más por mi novela. Supongo que habrá presentaciones, alguna que otra entrevista, quizás sesiones de firma, pero lo fundamental que puede hacer un autor por su obra, que es ofrecérsela a los lectores lo más depurada posible, ya está hecho. A partir de ahora, el que Hijos del dios binario consiga levantar el vuelo dependerá exclusivamente de los lectores. Sí, me diréis que existe el marketing editorial y demás, pero eso suele estar reservado para los autores populares, los que, paradójicamente, menos lo necesitan… El resto dependemos de que nuestra obra encuentre su público, de que funcione el boca a boca y de la suerte, que siempre juega su papel, más o menos protagonista.

Hijos del dios binario

Así que, con el trabajo esencial realizado, me ha parecido un buen momento para hacer balance de lo que ha supuesto hasta la fecha esto (tan difícil y hermético) de publicar. No porque a alguien más le puedan interesar mis impresiones, sino porque será divertido mirar atrás dentro de unos años y releer cómo fue esta etapa. Así que ya sabéis: esto es un recordatorio personal, no está aquí para vosotros, no sigáis leyendo… Simplemente lo he publicado en mi blog porque no tenía otro lugar a mano donde anotarlo.

Si aun así insistís en seguir leyendo, os recordaré que Hijos del dios binario será publicada el próximo 10 de marzo por Suma de Letras, un sello destinado al gran público perteneciente al grupo Penguin Random House, uno de los más grandes, si no el más grande, conglomerado editorial del mundo. Y todo lo que me habían contado respecto a publicar en una gran editorial era lo más parecido a firmar un pacto con el diablo: amputación del texto, cambio de título, modificaciones arbitrarias, eliminación de tramas, inclusión forzosa de escenas románticas y escarceos sexuales… Y demás sacrificios que el autor debía hacer en el altar de lo comercial y la mercadotecnia.

No soy yo quién para decir que dicho escenario es exagerado, quizás incluso sea el más frecuente (no tengo ni idea), pero desde luego no es lo que yo me he encontrado con la gente de Suma. El título sigue siendo el mismo que figuraba en el manuscrito (para mi sorpresa, mis editores se mostraron incluso entusiasmados con el nombre); no han tocado ni una sola trama, ni un solo personaje, ni un solo párrafo; han revisado el texto con una dedicación y cariño tal que, para alguien como yo, acostumbrado a batirse en solitario con sus propias erratas y fallos de estilo, resulta casi emocionante. Cuando me han sugerido alguna modificación, siempre lo han hecho de manera respetuosa y argumentada, y han procurado que en todo momento sintiera que yo tenía pleno control sobre el proceso. Quizás sea un afortunado que he caído en un oasis dentro de esta industria, pero mi experiencia con los profesionales de Suma ha sido, hasta el momento, inmejorable.

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No creáis que pierdo la perspectiva. Sé que soy una rueda más en el engranaje: una editorial como Suma publica entre dos y cuatro títulos a la semana, un volumen de lanzamientos muy similar al del resto de grandes sellos de la industria, lo que permite hacerse una idea de lo difícil que resulta subsistir en la mesa de novedades, pues a la semana siguiente de que tu libro salga a la venta (tu libro, en el que has invertido dos años de trabajo), llegará otra marea de novedades que te empujará fuera de esa mesa a la que tanto te ha costado llegar. Así funciona la industria, es algo que no gusta ni a autores ni a libreros, quizás tampoco al público, pero ahora mismo son las reglas del juego. Injustas, implacables, pero no más que mi experiencia hasta la fecha: en Amazon no existe el cuello de botella de las editoriales pero, precisamente por ello, la oferta es tan vasta y caótica que una novela tiene ínfimas posibilidades de mantenerse por encima del umbral de visibilidad. Al final, tanto en la publicación como en la autopublicación, todo depende de encontrar un público que disfrute y recomiende tus historias.

He de decir, no obstante, que el proceso de edición no ha sido lo único bueno de esta experiencia. Lo mejor ha sido conocer a una serie de personas que han decidido acoger la obra como suya, entusiasmarse con la historia y depositar fe en mis posibilidades como autor (fe que reconforta, pero que también conlleva una carga de responsabilidad que uno mira con cierta inquietud). Comenzando por mi agente, a la que le digo que todo esto es gracias a ella tantas veces como ella me dice que es mérito de la novela; continuando por mis editores, que no sólo apostaron por publicar a un autor desconocido (lo que ya es bastante, tal como está el patio), sino que también apostaron por mi otra novela, esa historia de samuráis que parecía no tener cabida en el mercado español, y decidieron firmarla sin siquiera esperar a ver cómo funcionaba Hijos del dios binario… Y terminando por un peculiar grupo de aliados en las sombras (como cierto librero que se dice del mal, pero que todos sabemos mucho menos malevo de lo que él se cree) y que, sospecho, algo tienen que ver en el hecho de que la novela se encuentre en varias listas de “lo más esperado de 2016”.

Ha sido un camino largo hasta aquí; el próximo 10 de marzo se cumple una nueva etapa, una crucial que definirá en gran medida cómo serán las siguientes. Pero cualquiera que sea el resultado, ya puedo decir que esta locura de intentar publicar ha merecido la pena. Y eso es mucho.

‘El Marciano’: un náufrago en el “mar rojo”

El Marciano es, probablemente, la obra de ciencia ficción dura (hard SF, que lo llaman los anglosajones) más relevante de los últimos años; o por lo menos, la que ha gozado de más popularidad. Que no os engañe el apelativo, pues lo de hard viene por la relevancia que la obra da a los aspectos científicos del relato ya que, en realidad, apenas pisa el terreno de la ciencia ficción (excepto por el hecho de ambientarse en un futuro cercano en el que las misiones tripuladas a Marte ya son una realidad). Si esto va de etiquetas, una más clarificadora sería la de “thriller de supervivencia científica”. Sí, me lo acabo de inventar.

Pero vayamos por parte: ¿de qué va El Marciano? La primera novela de Andy Weir nos cuenta las desventuras del primer “náufrago” en Marte, Mark Watney, ingeniero botánico de la misión Ares 3 que, tras ser dado por muerto en una tormenta de arena, es abandonado por su tripulación. Con esta premisa Weir articula un relato que gira en torno a dos  tramas: la odisea de Watney por sobrevivir en el planeta rojo y, paralelamente, los esfuerzos de la NASA para organizar una misión de rescate antes de que su astronauta muera por falta de suministros.

La novela fue originalmente publicada por capítulos en el blog científico del autor para, posteriormente, autoeditarse en Amazon al precio más bajo que permite la plataforma de ebooks en Estados Unidos: 0,99 dólares. No pasó mucho tiempo antes de que Penguin-Random House se decidiera a publicar en papel esa historia que estaba arrasando en formato digital, y poco más hasta que Hollywood decidiera rodarla, estrenándose hoy viernes en España la adaptación dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon.

Marte: Misión Rescate

Pero éxito aparte, ¿es El Marciano un buen libro? Rotundamente, sí. ¿Tiene fallos? Rotundamente, también. Y me temo que muchos están relacionados con esa vertiente ultratecnófila de la historia. Pero los aciertos pesan mucho más que los desaciertos. Para empezar, Weir se apoya en una premisa harto conocida (la del superviviente solitario), pero sabe darle la vuelta de tuerca necesaria para que resulte novedosa y atractiva. Continúa con un desarrollo de la historia verosímil, sin trucos de prestidigitación, con la sabia decisión de que la suerte siempre juegue en contra de nuestro protagonista, pues no hay ningún deus ex machina en El Marciano: Marte es tan hostil e hijo de puta como cabría esperar, y Mark Watney, como buen McGiver interplanetario, sólo cuenta con su ingenio y el instrumental que la misión Ares deja atrás para sobrevivir.

Más puntos a favor de El Marciano: todo lo que se desarrolla en la Tierra es tan interesante como lo que sucede en Marte. El autor realmente logra implicarnos  en la carrera contrarreloj coordinada desde la NASA para salvar la vida del protagonista; y lo hace merced a la creación de unos personajes carismáticos, unos diálogos vibrantes e ingeniosos, perfectamente inteligibles pese a la verborrea técnica, con picos de excelencia narrativa como el lograr que el lanzamiento de una sonda espacial te haga contener el aliento durante páginas.

La novela ha sido publicada en España por el sello Nova de Ediciones B.
La novela ha sido publicada en España por el sello Nova de Ediciones B.

Y remato con el que es, probablemente, el mayor acierto de la novela: su protagonista. Mark Watney es un tipo inteligente y con un enorme sentido del humor (de verdad que os vais a reír más de una vez), un listillo entrañable con el que empatizas y al que quieres que las cosas le salgan bien; no porque sea un héroe o encarne los mayores valores humanos, sino porque es un tío normal que las está pasando canutas y, joder, se merece que algo le salga bien. Un retrato del personaje que, me temo, se perderá en el cine, pues ya en el tráiler tiene más pinta de héroe de acción que de científico.

¿Dónde pincha, entonces, la novela? Desde mi punto de vista, la obsesión del autor por detallarnos pormenorizadamente todas las chapuzas e improvisaciones técnicas que el protagonista debe acometer, con exhaustivas explicaciones sobre física, botánica, electrónica, astrofísica… terminan por saturar al lector, y más de uno se encontrará tirando de lectura en diagonal en esos pasajes. Por supuesto que debía haber algo de eso en la historia, es evidente el nivel de documentación de Andy Weir y es normal que el texto lo transpire, pero no hasta el punto de apabullar al lector con explicaciones de índole técnica que en muchos casos son, me temo, innecesarias. Puede que haya quien lo disfrute, pero no me extrañaría que muchos otros acaben abandonando el libro ante este exceso de tecnicismos.

Por otra parte, hay ciertas trampas narrativas empleadas por el autor que me han hecho torcer el gesto. La más llamativa, probablemente, es que desde un principio la acción en Marte se nos cuenta a través de las entradas que Mark Watney va haciendo en la bitácora de la misión; es decir, una narración epistolar. Mientras que para los acontecimientos que transcurren en la Tierra se emplea un narrador en tercera persona. Lo que podría ser un acierto, ya que ayuda a diferenciar los dos escenarios de la acción empleando una voz narrativa para cada uno, acaba por venirse abajo cuando el autor empieza a utilizar también la narración en tercera persona para aquellas escenas de Marte que no sabe relatar mediante la narración epistolar. Una incongruencia bastante grosera que podría haberse evitado modificando algunos puntos del guion o, simplemente, buscando una forma de plasmarlos sin alterar la voz narrativa. Sinceramente, me parece un error grueso que no está al nivel del resto de la novela.

Al margen de esto, El Marciano es una buena novela, bien estructurada y desarrollada, divertida en muchos momentos y emocionante en otros, cuyos puntos flacos no van a impedir que os la recomiende encarecidamente. 8

‘Ama’, las “mujeres del mar” de Shima

Cuando uno se anda documentando se viene a topar con fragmentos de la Historia que son auténticas perlas (me vais a perdonar el juego de palabras), tanto que no puede dejar de contarlo al que quiera escucharlo. Ha sido el caso de las ama, literalmente, “mujeres del mar”, las recolectoras de perlas de la costa de Shima en Japón. Había escuchado hablar de ellas antes y las había visto retratadas en algunos mangas históricos como curtidas buceadoras que se sumergían desnudas en el mar, con solo un cuchillo entre los dientes para realizar su labor. Había dado por sentado que se trataba de una visión distorsionada de una realidad histórica, dado como es el seinen manga a sexualizar y exagerar determinados acontecimientos. Sin embargo, esta imagen no se desviaba tanto de la realidad.

Fotografía de Eishin Osaki.
Fotografía de Eishin Osaki.

Las ama existen desde hace más de mil años (la primera constancia documental de ellas procede del poemario Man’yôshû, datado en el 759 d.C.), y durante todo este tiempo su oficio ha consistido en bucear en apnea para recolectar los moluscos, esencialmente ostras, que crecen en los fondos marinos de la escarpada costa de Shima. Más allá de su poderosa capacidad de evocación (no es extraño que se las mencione en un poemario), lo cierto es que se trataba de una labor dura y peligrosa, máxime si tenemos en cuenta las gélidas temperaturas de este litoral y que, durante siglos, la han acometido sin más equipo que el pincho utilizado para arrancar las ostras, un tanga fundoshi para facilitar sus movimientos, y la cuerda empleada para guiarlas de regreso a la superficie.

‡“€„Fotografía de Fosco Mariani.
‡“€„Las herramientas de una ‘ama’ (Fosco Mariani).

Una ama comenzaba a aprender el oficio a los 13 años, iniciándose con inmersiones de 5 metros como máximo. Hasta los 30 años no se convertían en funado, considerándoselas entonces buceadoras plenamente experimentadas capaces de hacer inmersiones de hasta 20 metros de profundidad. Se consideraba que una ama alcanzaba las plenas facultades a los 50 años, y la mayoría practicaba el oficio hasta los 70, aproximadamente. Empleaban técnicas de respiración para evitar dañarse los pulmones, llegando a permanecer incluso dos minutos bajo el agua. Tras inmersiones prolongadas exhalaban el aire lentamente, separando levemente los labios y emitiendo un largo silbido conocido como isobue.

Una ama se sumerge sujetando la cuerda entre sus piernas (Fosco Mariani).
Una ‘ama’ se sumerge sujetando la cuerda entre sus piernas (Fosco Mariani).

No hay una explicación evidente de por qué se trataba en una labor exclusivamente femenina. Desde un punto de vista sociológico, se conjetura que fue una actividad paralela que surgió de manera natural en las comunidades de pescadores de la costa de Shima. Los hombres se embarcaban para pescar en alta mar, y las mujeres, que quedaban atrás para dedicarse a cuidar de los cultivos y los niños, encontraron en la recolección de algas y moluscos un aporte más a la economía familiar. Otras teorías son de orden fisiológico, apuntando a que el cuerpo de la mujer, al tener mayor cantidad de grasa sobre los músculos, podía soportar mejor las largas jornadas de inmersión.

Dos 'ama' modernas mariscando entre las olas (Yoshiyuki Awase).
Dos ‘ama’ modernas mariscando entre las olas (Yoshiyuki Awase).

En cualquier caso, el oficio de las ama ha cambiado a lo largo de los siglos, aunque no de manera sustancial. Tradicionalmente estas mujeres eran recolectoras y mariscadoras, y el hallazgo de una perla era un golpe de fortuna que podía garantizar el bienestar familiar durante varios años. Esto cambió cuando el empresario local Kokichi Mikimoto consiguió cultivar las primeras perlas de manera artificial. A partir de entonces, muchas ama comenzaron a trabajar en el cultivo de perlas, siendo las encargadas de extraer las ostras a la superficie, donde se les insertaba el núcleo extraño que daría origen a la perla, y devolverlas al lecho marino para su posterior recolección. La actividad pronto comenzó a atraer al turismo extranjero, y Mikimoto solicitó a sus empleadas que comenzaran a cubrirse con paños blancos, debido a la contrariedad que producía entre los turistas su desnudez.

El oficio de las ama ha sobrevivido hasta nuestros días; desde mediados del pasado siglo algunas han comenzado a utilizar equipos moderno de buceo, como gafas, aletas y trajes de neopreno. Aun así, continúa siendo una actividad dura y exigente, lo que ha impedido que vayan surgiendo nuevas generaciones que mantengan la tradición. Probablemente, tarde o temprano las ama acaben desapareciendo, y el mejor testimonio de su oficio será el trabajo de fotógrafos como Yoshiyuki Iwase, Eishin Osaki o Fosco Mariani.

Fotografía de Fosco Mariani.
Fotografía de Fosco Mariani.

‘El Guerrero a la Sombra del Cerezo’, entre las promociones veraniegas de Amazon

Promoción verano Amazon Kindle Flash

Pues sí, Amazon ha elegido El Guerrero a la Sombra del Cerezo para formar parte de su campaña de promociones veraniegas. Una estupenda oportunidad para los autores que no llevamos el respaldo de una editorial detrás, ya que Amazon le da más visibilidad al ebook dentro de sus tiendas, pero también para los lectores que aún no lo han leído (o para aquellos que lo han leído y lo quieren regalar, que también los hay), porque desde ayer y hasta el próximo 8 de julio la novela tendrá un 65% de descuento en Amazon.es, Amazon.com y Amazon.com.mx, quedando al irrisorio precio de 1,09€. Si tenéis en cuenta que nunca hago promociones por mi cuenta, ¡puede que no volváis a tener una oportunidad como ésta! 😀

promoción verano Amazon Kindle

Un par de autores me han preguntado qué he hecho para entrar en el programa y, si os digo la verdad, no sé cuál es el criterio de selección. Unos dos meses atrás Amazon KDP me comunicó que la novela estaba preseleccionada para la campaña de promociones, me preguntaban si quería formar parte y me advertían de que, aunque así fuera, eso no implicaba que mi libro fuera finalmente elegido. Hace unos días me notificaron que estaba dentro del programa, el precio final y los días en que estaría de promoción. Punto. No sé si tendrá que ver el hecho de que no he variado el precio de la novela después de su lanzamiento, las reseñas reunidas o que respondo a todos los cuestionarios que KDP me envía. Quizás todo un poco.

Y como no me parecía lógico que la novela costara 1,09€ en Amazon y 2,99 en Lektu, ‘El Guerrero’ también estará de oferta durante las próximas semanas en esta tienda digital libre de DRM. Así que ya sabéis: ¡corred, insensatos!

‘El Guerrero a la Sombra del Cerezo’, premio Hislibris 2015 al mejor autor revelación

 

Escribo desde Murcia, pero como si lo hiciera desde una nube. Aquí se celebra este año el VI Encuento Hislibris, organizado por la comunidad española más importante de lectores de literatura histórica, certamen en el que cada año se entregan los premios Hislibris, un referente para los aficionados a este género literario. De ellos ha dicho Arturo Pérez-Reverte que son “algo extraordinario”,  Santiago Posteguillo  los describe como  “un lugar en donde impera la cultura y el respeto”, y Juan Eslava Galán como “un oasis de tranquilidad, humor y literatura”. Y no voy a ser yo quien desmienta a los maestros.

Pues aquí me vine, aún estupefacto de que, hace un par de meses, ‘El Guerrero’ fuera procalamada finalista del certamen en la categoría de ‘Mejor autor revelación’, y digo estupefacto porque era la primera vez que una novela autopublicada llegaba a ser finalista de estos premios, y porque leías las editoriales que habían presentado sus novelas a esta categoría (Suma, Roca, Nowtilus, Espasa) y te sentías un poco navegando entre icebergs.

Si ser finalista ya era un premio (por más que suene a tópico, en este caso es estrictamente cierto), ganarlo ha sido una conmoción. No estoy pecando de exceso de humildad, ni mucho menos. Una cosa es escribir una novela que consiga llegar a la gente (agradecimiento eterno a los lectores de Amazon, que están manteniendo el libro con sus valoraciones) y otra pasar el escrutinio de una comunidad tan experta y exigente. Aquí se juntan lectores voraces, historiadores y profesionales del sector editorial, gente que sabe mucho de novela histórica, así que aún no me explico cómo les he conseguido engañar.

premio hislibris 2015
Presumiendo de ‘celedonio’ junto a Sergio Vega, ganador al ‘Mejor autor español’. Pedro J. Ramírez (premio al Mejor ensayo) no quiso salir en la foto 🙂

En cualquier caso, el ‘Celedonio’ ya es mío, va directo a mi estantería, y ya nadie podrá quitarme el gustazo de echarle un vistazo de reojo mientras escribo. Sólo me queda dar las gracias de nuevo a estos locos de la novela histórica y felicitar al resto de ganadores (especialmente, a mi amigo Sergio Vega, que se ha hecho con el premio a mejor autor español por la segunda parte de su soberbia trilogía, ‘Las Piedras de Chihaya’). Ayer, tras la entrega de premios, me dijeron que para el jurado marcaba un antes y un después conceder un galardón a una novela autoeditada, que demostraba que las cosas estaban cambiando en el sector. No sé si será cierto, creo que las grandes editoriales seguirán dominando esta industria por mucho tiempo, que al final sabrán adaptarse al cambio de paradigma, pero lo que es seguro es que ahora existen pequeños resquicios por los que colarse y hallar tu público. Y de vez en cuando, también reconocimiento.

Historia de una ida y una vuelta a Madrid, con agentes, editores y una firma de por medio

Ayer fue uno de esos días intensos que quedan marcados en el calendario para siempre. Un viaje relámpago a Madrid para conocer personalmente a mi agente, mis editores y firmar mi primer contrato editorial. Antes de que me lo preguntéis, se trata de mi segunda novela, titulada (hasta que nadie diga lo contrario) Hijos del Dios Binario, y no, a priori no tiene nada que ver con El Guerrero, pues es un thriller de investigación con tintes futuristas (aunque creedme cuando os digo que ambas guardan muchas similitudes, si os las leéis me daréis la razón). Y la editorial es nada menos que el sello Suma de Penguin-Random House.

Ya os podéis imaginar que esto que queda resumido en un simple párrafo es el resultado de años de trabajo, de espera y desespero, de pequeñas alegrías y grandes frustraciones, de una gran dosis de obstinación y otra (imposible ponderar cuánta) de suerte. Lo que sí he decir es que no deja de sorprenderme lo fluido que ha sido todo hasta la fecha con Hijos del Dios Binario. Tras un prometedor inicio con El Guerrero a la Sombra del Cerezo, siendo finalista del Fernando Lara y lo que eso supuso, todo quedó en un largo silencio editorial de más de dos años y los comentarios, me temo que bastante acertados, de gente de la industria que me confesaba que el problema no era la calidad de la obra, sino el binomio “autor desconocido”+”temática inusual”. Con esta segunda novela, sin embargo, los astros parecen haberse alineado: acabé de revisarla en abril del pasado año, justo antes de nuestro viaje a Japón. Cuando regresamos envié el manuscrito a cuatro agencias literarias muy concretas que tenía en mente desde hacía tiempo. Y me olvidé del tema. Por aquel entonces estaba distraído con la idea que ya me rondaba la cabeza para una tercera historia. No fue hasta verano que dos de las agencias se pusieron en contacto conmigo para comentarme su interés, emplazándome a un futuro contacto en septiembre para hablar de las condiciones de representación. Ambas eran buenas agencias, con autores consolidados, y decidí que trabajaría con aquella que antes me hiciera la propuesta. Sólo puedo decir que, por suerte, fue MB Agencia Literaria la que antes se puso en contacto conmigo. Y digo por suerte porque sospecho que Txell, mi agente, tiene bastante que ver con lo que vino después.

Tras un par de modificaciones el manuscrito se envió a finales de octubre, y en el plazo de tres semanas teníamos cuatro ofertas de publicación. Y menudas ofertas. De repente nos encontrábamos en la increíble situación de tener que elegir editorial, algo que, huelga decirlo, jamás imaginé que pudiera suceder. Si he de ser sincero no fui yo el que elegí, sino que lo hicieron mis agentes, aunque les agradezco que tuvieran la deferencia de consultármelo antes 😉 Desde luego los designios editoriales son inescrutables (sospecho que los de los departamentos de marketing, más aún), pero no llego a comprender por qué una de mis novelas merece el ostracismo editorial y la otra recibe, en menos de un mes, ofertas de las principales editoriales del país. Sin pasión de padre os digo que no hay una diferencia cualitativa apreciable entre ambas, ni en cuanto a calidad literaria ni en capacidad de entretenimiento. Pero, oye, llegados a este punto no nos vamos a quejar.

Y esta es la crónica de los hechos. Alguno pensará “qué cabrón, lo ha conseguido”, pero en realidad esto no cierra ningún círculo. Es sólo un paso más, uno bastante largo y que muchas veces temí que no llegaría, pero desde luego no es una meta en sí mismo. El camino sigue, publicar respaldado por un grupo como Penguin-RH no es garantía de éxito, porque ya nada lo es en un mercado en crisis; y vivir de lo que se escribe sigue siendo casi utópico en este país. Pero no puedo negar que uno se sienta delante del teclado por la mañana con algo más de fe en lo que hace, y que tengo muchísima curiosidad por ver lo que vendrá a partir de ahora. No esperéis encontrarme por las librerías antes de un año, pero va a ser un año intenso, divertido, en el que abriré los ojos y los oídos más que nunca. Hay mucho que aprender.

Literatura vs. literatura de género

Recuerdo bien mi primera cita con el club literario de la Facultad de Periodismo porque no tardé ni media hora en entender que yo allí no pintaba nada. No me entendáis mal, no es que me las quiera dar de outsider o anticultural (líbreme Dios), es que allí sólo se hablaba de autores que no solían pulular por mis estanterías: Cortázar, Chéjov, Borges, Reinaldo Arenas… Algunos de los cuales me encontraría más adelante en el camino, pero que en aquel momento, a mis 18 años, estaban muy lejos de mis intereses. Para dejarlo claro: a ellos les iba el realismo mágico, mientras que yo era más de lo mágico a secas, de hechiceros de barba blanca y libros que te transportan a Fantasía a bordo del dragón Fujur. Yo lo que quería era hablar de Tolkien, de Ender, de Phillip K. Dick y de Lovecraft, pero lo máximo que saqué fue alguna conversación rápida sobre Poe, y porque estaba en el temario.

Fue la primera vez que me topé con ese muro que separa la llamada “literatura de género” de la “literatura” a secas, la seria, la fetén, la que eleva el espíritu e ilumina, no la que entretiene a las masas. Ya sabéis por dónde voy. El caso es que el desencuentro fue evidente y no se me vio mucho más por el club de lectura, así que aquella dicotomía no me preocupó más allá de algún que otro debate en clase con el profesor de Literatura Universal. Sin embargo, de un par de años a esta parte (desde que me he obstinado en publicar lo que escribo) he vuelto a asomar la nariz por el mundillo literario, y he podido comprobar que dicha distinción no sólo perdura, sino que se ha hecho más frecuente, sobre todo desde que hay un creciente número de autores españoles que parecen obstinados en escribir literatura de género. En las librerías, las secciones de ciencia ficción, de thriller o de fantasía, que generalmente eran coto de caza de autores extranjeros, comienzan a estar pobladas por nombres como José Carlos Somoza, Félix J. Palma, Javier Negrete o Carlos Sisí. Autores que para colmo venden bien. Parece que hay un nuevo gusto por determinados géneros, lo que ha exacerbado aún más el énfasis que algunos hacen en que la literatura de verdad es la que no lleva apellidos.

Es cierto que existe una literatura con ánimo de trascender y otra que busca, ante todo, entretener al lector. Pero aún no he encontrado el dique que separe una de otra y las haga estancas. Fuera de nuestras fronteras se ha entendido la literatura “de género” como un vehículo adecuado no sólo para ofrecer un entretenimiento de calidad, sino para sondear realidades interiores y exteriores más complejas. No hay nada que impida a un thriller o a una novela de aventuras reunir los más elevados valores estéticos y narrativos, o a un relato de ciencia ficción o de terror realizar una incisiva interpretación de la sociedad o la psique humana. ¿Dónde está la frontera, entonces? ¿En la capacidad de conmover, de resultar memorable, de inspirar a otros? Pocas escenas recuerda uno en el cine tan conmovedoras y memorables como la muerte del replicante Roy Batty, y pocos libros han inspirado a tantos como El Señor de los Anillos.

Puede haber una literatura culta y una literatura de masas, pero no hay nada intrínseco en ninguna de ellas que la haga mejor a la otra, sobre todo porque, en última instancia, ambas beben de la misma fuente: la del contador de historias que narra para entretener a un público. La novela es ficción por definición, es crear un mundo para ofrecérselo al lector, por eso me resulta tan difícil de tragar la pose de aquellos escritores que dicen escribir “a pesar del lector”, que escriben para la menor de las minorías: para ellos mismos, pero con la intención, eso sí, de que posteriormente todos alaben su ensimismamiento. Dejémoslo claro: si pretendes publicar, escribes para un público, y tu obligación con ese público es ofrecerle algo de interés, que lo entretenga; si además eres capaz de conmover y remover conciencias y certezas, quizás logres elevar el oficio de narrador a la categoría de arte. Pero lo segundo sin lo primero se me antoja francamente difícil.

No hay nada que haga la lectura minoritaria mejor que la comercial, no es necesariamente más valiosa ni más compleja, ni el hecho de que una obra sea capaz de gustar a un público amplio va en detrimento de su calidad; más bien al contrario, es una cualidad más. Lo cierto es que discutir este tema siempre me ha aburrido, así que os dejo con una última reflexión: la unánimemente considerada mejor obra en español es una novela de caballería, el género más popular de su época, y escrita con el prosaico objetivo de pagar facturas. Más comercial imposible.