‘Alias’, el cómic que nos presentó a Jessica Jones

Alias Jessica Jones CoverHoy es el estreno mundial de Marvel’s Jessica Jones, la nueva serie producida por Netflix para Marvel Television que, como viene siendo costumbre en el canal online, viene precedida de unas críticas entusiastas. Así que en los próximos meses nos familiarizaremos con el personaje, pero, ¿qué hay del cómic en el que se basa? Quizás no sea tan conocido para el gran público como otras franquicias de “La Casa de las Ideas”, pero Alias es, sin duda, uno de los mejores cómics Marvel de la pasada década. Escrito por Brian Michael Bendis e ilustrados por Michael Gaydos, esta serie limitada fue probablemente el mejor exponente de lo que el editor Joe Quesada quería lograr a principios de siglo con el nuevo sello MAX: historias ambientadas en el Universo Marvel tradicional, pero contadas con un estilo y un lenguaje adultos que habrían hecho saltar por los aires el otrora ineludible “Comics Code”.

De este modo, y con más de tres décadas de retraso, Marvel daba la réplica al prestigioso sello Vertigo de DC Comics, lanzando a la calle una serie de colecciones y series limitadas que, con el “explicit content” estampado en la portada, nos daba una perspectiva muy diferente de un universo que creíamos conocer a fondo. Muchos de los personajes que pulularon (y pululan) por las colecciones MAX eran habituales de las cabeceras Marvel tradicionales, es el caso de irredentos como Punisher, que aquí sin embargo eran retratados de una manera menos heroica y más humanizada, dejando claro que el género puede dar mucho más de sí si se le libera de las restricciones que impone una audiencia juvenil.

Otros personajes, por el contrario, fueron específicamente creados para la nueva línea editorial, y ese es el caso de la dama que nos ocupa. Jessica Jones (interpretada en la ficción televisiva por Krysten Ritter) fue, de hecho, la encargada de inaugurar el sello MAX. Imaginada por un Brian Michael Bendis en su mejor momento creativo e ilustrada por un estiloso y poco popular Michael Gaydos, la Señorita Jones encarnaba un nuevo tipo de héroe hasta ahora desconocido por los lectores de Marvel. Superheroína fracasada, malhablada (y aquí no hay “*&#$@” que valgan), con tendencia a emborracharse hasta caer redonda, propensa al sexo como pasatiempo y dolorosamente honesta consigo misma, Jones es la protagonista que el cómic americano mainstream necesitaba urgentemente, exenta de clichés y sin sexualizar (pese a su saludable promiscuidad), capaz de romper con una serie de tabúes que hasta ahora sólo se habían transgredido en editoriales periféricas como Dark Horse, pero que siempre se habían respetado en Marvel, uno de los dos pilares de una industria hasta hace poco centrada en un público eminentemente juvenil.

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Sin duda, Quesada tenía en mente qué autores podían dar lo mejor de sí en este nuevo escenario, y decidió apostarlo todo a un Michael Bendis que, por aquel entonces, se había consagrado en la excelente Ultimate Spiderman (cómic para masas, pero absolutamente de autor, ya que desde sus comienzos hasta hoy ha tenido un solo guionista).  Con total libertad creativa, algo que se tiene pocas veces cuando trabajas para una de las dos grandes, Bendis logra construir un personaje memorable que llegó a cautivar a todo tipo de públicos, incluso a los menos amantes del género. Un personaje que, si tuviéramos que definir con una sola palabra, esa sería “verosímil”.

Y es que no hay una sola viñeta en la que no te creas por completo a Jessica Jones, exmiembro de segunda fila de los Vengadores que se siente desplazada en semejante mundo de locos. Así, expulsada del olimpo de los superhéroes, abre en Manhattan una oficina de investigación privada, Alias, en la que se ve obligada a aceptar todo tipo de casos por una mera cuestión de supervivencia económica. Bendis hace un alarde de creatividad enfrentando a nuestra protagonista a investigaciones de lo más dispares, algunas relacionadas con el mundo de los justicieros enmascarados, otras más triviales y mundanas, pero siempre con la peculiaridad de que ponen a prueba  la integridad o la astucia de esta peculiar detective privada.

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Con un formato de historias autoconclusivas que ocupan varios capítulos, el escritor de Cleveland consigue atrapar a la audiencia con unas tramas dramáticas en algunos casos, extravagantes en otros, pero siempre con la capacidad de llamar nuestra atención desde un principio y resultar satisfactorias en su desenlace. El principal gancho de Alias, no obstante, es su peculiar protagonista, que vamos conociendo mejor según se van sucediendo los casos y que, poco a poco, se nos desvela como una mujer compleja y no pocas veces contradictoria, desastrosa en muchos aspectos de su vida, decididamente independiente, un tanto ansiosa por lograr cierta estabilidad vital, pero sobre todo resuelta a hacer el bien en la medida de lo posible. Otro tipo de héroe. 8

Alias
Brian Michael Bendis & Michael Gaydos
Marvel (línea MAX). Publicado en España por Panini: 2 vol. en rústica, 350 páginas, color, 16,5€ c/uno

Mad Max, una huida hacia los orígenes

Mad Max: Furia en la Carretera, lo que se suponía que iba a ser un blockbuster del que íbamos a olvidarnos a los quince minutos de dejar la sala, ha resultado ser una película para el recuerdo, un portento lúdico y estético, un espectáculo que pisa el acelerador, te pega la espalda a la butaca, y sólo te deja respirar cuando saltan los títulos de crédito. Es entonces cuando uno se pregunta: ¿por qué nadie ha hecho esto antes? Probablemente porque nadie había sido capaz siquiera de imaginarlo.

La historia que alimenta el motor de Mad Max no es especialmente compleja: es la historia de una huida, de gente que hace causa común ante la desesperación, de una persecución de dos horas que, rodada sin maestría, podría aburrir al espectador. Es un argumento vehicular, completamente al servicio del espectáculo, y que jamás ha existido como guion en sí, ya que el equipo de rodaje sólo tuvo acceso a un storyboard. Pero que no haya complejidad argumental no significa que no haya riqueza de matices y profundidad emotiva; hay personajes con trasfondo, muy alejados del cliché, con motivaciones completamente verosímiles; también hay un universo que nadie se molesta en explicarte, en el que te ves zambullido de forma violenta, pero que se siente extenso y sin fisuras, como el desierto de sal que se pierde en el horizonte.

Pero no nos engañemos, aquí lo de menos es el argumento. Lo que importa de verdad es el ritmo y el espectáculo, y en este sentido, George Miller, un señor de 70 años, da una lección a todos los directores videocliperos que plagan el género. La cartelera vomita películas de acción cada fin de semana, casi sin querer podemos ver una docena de ellas al año, pero cuando asistes al espectáculo que es Mad Max: Furia en la Carretera, descubres que llevamos quince años viendo las mismas películas de acción, los mismos planos cortos confusos, la misma estética oscura, el mismo montaje epiléptico en el que no se aprecia prácticamente nada, y que sencillamente nos hemos habituado a ello.

George Miller, sin embargo, monta la cámara y la mantiene estable, acompaña la acción con un travelling rodado desde un coche, utiliza planos medios y largos que narran, no confunden, y entrega el metraje a una editora, Margaret Sixel (su esposa y editora habitual), acostumbrada a ensamblar comedias y dramas y que, sin embargo, realiza aquí un montaje de acción soberbio, vertiginoso e inteligente, que no hace sino subrayar la belleza estética de los planos concebidos por el director. Digo ya, y no estamos ni a mediados de año, que sería incomprensible que no recibiera el Oscar al mejor montaje.

La tormenta de arena en Mad Max: Furia en la Carretera

Respecto al debate de moda en algunos blogs y redes sociales sobre si esta Mad Max es “la primera película de acción verdaderamente feminista”, sólo diré que me parece del todo absurdo, y que sólo puede estar alimentado por los prejuicios que algunos arrojaron sobre la cinta antes de verla (y que debieron comerse con patatas a posteriori, claro). La película es del todo coherente en su propuesta, y el caduco rol de la mujer necesitada no hubiera tenido sentido en un mundo como el que nos plantea. El personaje de Imperator Furiosa (Charlize Theron) no es feminista, es un personaje poderoso y cautivador, sí, pero también es por completo realista. No exagera cualidades ni adopta decisiones que no tomarían otras mujeres en una situación así. Y tampoco creo que sea el primer rol femenino de estas características que se muestra en el cine de acción (la Teniente Ripley o Sarah Connors son dos que me vienen rápidamente a la cabeza sin salir del género de la ciencia ficción).

Mad Max (Tom Hardy) e Imperator Furiosa (Charlize Theron).
Mad Max (Tom Hardy) e Imperator Furiosa (Charlize Theron).

Por concluir, sólo decir que, con este magnífico ejercicio de estilo, lo que George Miller ha logrado es revolucionar un género que llevaba casi dos décadas lastrado por los tópicos argumentales y de realización. Veremos mucho de esta Mad Max en las películas que están por venir, su influencia va a ser muy larga. Y lo mejor es que lo ha logrado sin pretensión alguna, pues no hay en esta Mad Max más intención que la de homenajear a la franquicia original y hacer disfrutar al espectador. Al fin y al cabo, y reduciéndolo a su esencia, lo que ha logrado Miller es regalarnos una serie de imágenes (esa tormenta de arena, esa huida a través de los pantanos) que se quedarán grabadas en nuestra retina para siempre. Y eso, cuando se ha visto tanto, tiene muchísimo mérito. 9

‘Los Guardianes de la Galaxia’: space opera a ritmo ochentero

Marvel inaugura franquicia cinematográfica y vertiente narrativa con Los Guardianes de la Galaxia. Aquellos que estén familiarizados con la otra Marvel, la que hace cómics, sabrán que el universo de la editorial norteamericana tiene dos grandes vertientes o escenarios: el más mundano, cuyas historias se desarrollan fundamentalmente en Nueva York y en el que se mueven personajes como Spiderman, los X-Men, Daredevil y un largo etcétera; y la vertiente cósmica, que durante muchos años estuvo esencialmente ligada a los 4 Fantásticos pero que, con el paso de las décadas, se convirtió también en terreno habitual de otros personajes, como Los Vengadores o los propios X-Men. El tema de Asgard y la vertiente mística de la editorial mejor los dejamos para otro día.

El caso es que la mitología cósmica marvelita siempre fue profusa y dio lugar a varias buenas historias (por si alguien tiene interés, aquí la reseña de El Guantelete del Infinito, saga escrita por Jim Starlin que se prevé esencial para comprender lo que está por venir en la gran pantalla). No era cuestión de que ese filón siguiera sin explotar, y Los Guardianes de la Galaxia ha sido la franquicia elegida para adentrarnos en este nuevo escenario. La decisión ha sido bastante más astuta de lo que pudiera parecer.

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Chris Pratt clava un Starlord/Peter Quill de lo más payaso.

Para empezar, Los Guardianes son un grupo bastante menor en el imaginario de la Casa de las Ideas (publicado por primera vez en 1969, reimaginado en 2008 con la formación que aparece en el film), con muy pocas implicaciones respecto a lo que se ha visto de Marvel hasta ahora en el cine, de modo que el espectador medio puede asistir a la función sin tener la sensación de que está viendo la enésima película de superhéroes. Los guiños marvelitas están ahí para quien quiera/pueda pillarlos, pero son absolutamente prescindibles. Esto permite a la productora expandir su universo cinematográfico, hasta ahora constreñido por la figura del superhéroe, y adentrarse en el terreno de la aventura espacia.

Benicio del Toro interpreta a El Coleccionista. A Marvel le sobra la pasta, y se nota en los secundarios.
Benicio del Toro interpreta al Coleccionista. A Marvel le sobra la pasta, y se nota en los secundarios.

Porque eso es Los Guardianes de la Galaxia, una space opera con poca ambición y mucho descaro. El director y coguionista, James Gunn, no se molesta en disimular los referentes: un mucho de Star Wars y Firefly, un poco de la nueva Star Trek, incluso una pizca de Mass Effect (con tanto romance interracial y planeta tipo La Ciudadela), todo ello sazonado con la nostalgia ochentera que parece cubrir Internet y encajado en el molde creado por la productora que requiere mucha acción y comedia. Incluso la trama, que gira en torno a la búsqueda “del Orbe”, repite la premisa de buenos-y-malos-buscan-objeto-todopoderoso repetida en varias pelis de la casa. El caso es que todo encaja y funciona de maravilla.

Y George Lugas creía que los efectos digitales acabarían con el maquillaje.
Y George Lugas creía que los efectos digitales acabarían con el maquillaje.

Los Guardianes de la Galaxia no es ningún clásico, pero como película de verano funciona a la perfección. Es sumamente entretenida, espectacular como la que más, el guion tiene oficio y no insulta la inteligencia del espectador, incluso se permite darle a sus personajes una dimensión “humana” (nótese la ironía del término en este caso) de la que carecen la mayoría de los blockbusters. Quizás no sea tan carismática ni tan graciosa ni tan espectacular como Los Vengadores (para mí, sigue estando en la cima junto con Iron Man), pero es una más que digna representante de su casa. Habemus franquiciam, y yo que me alegro. Por cierto, al final de los créditos hay “huevo de pascua” (jojo). 7

Interstellar: Nolan se disfraza de Kubrick

A estas alturas, creo que ya podemos confirmar que Interstellar es mi película más esperada del verano. Chris Nolan parece haberse propuesto ir renovando las bases del cine de ciencia ficción, y si con Inception nos ofrecía un viaje introspectivo hacia el interior de la psique humana, aquí realiza el viaje opuesto y ataca la épica de la conquista del espacio.

La temática quizás recuerde a 2001 Una Odisea del Espacio (Stanley Kubrick), pero a mí, particularmente, las imágenes me dejan el regusto de otra película de género también protagonizada por Matthew McConaughey: Contact. Intento no lanzar las campanas al vuelo, pero tras una regulera Dark Knight Rises, a Nolan le toca peli buena.

Hayao Miyazaki y el viento que no cesa

En la cultura japonesa, el shokunin es aquel artesano que, dedicado por entero a su oficio, es capaz de sublimarlo hasta convertirlo en arte. Hay mucho de shokunin en la forma de trabajar de Hayao Miyazaki y del estudio Ghibli, en esa obstinación por mantenerse fiel a la animación tradicional, por seguir dibujando plano a plano cuando el resto de la industria considera la técnica demasiado costosa y obsoleta. Pero el señor Miyazaki no tiene problemas en demostrar, una vez más, cuán equivocado está el resto del mundo: apoyándose en un viejo arte que los animadores de Ghibli, podemos decirlo ya, dominan como nadie nunca antes, el director japonés nos regala con El viento se levanta una película hermosa a todos los niveles. Una película que sirve, además, como testamento creativo de un genio del cine.

Indistintamente de que ésta sea en efecto la despedida de Hayao Miyazaki, o que, como sucediera en anteriores ocasiones, el director decida dar marcha atrás y rodar una nueva última película, es evidente que Miyazaki condensa en el film gran parte de su filosofía de vida como autor. Pretende dejar su mensaje para los que están por venir, y en ese aspecto la película rezuma la profundidad y la melancolía de una despedida sincera. Titulada con los versos de un poema de Paul Valéry,  El viento se levanta entronca con el nombre del propio estudio fundado por el autor (“ghibli”, como llamaban los italianos al viento que sopla en el Sáhara), que a su vez hace referencia al Caproni CA.309 Ghibli, avión diseñado por el ingeniero Giovanni Caproni que en esta película hace, ni más ni menos, que de guía espiritual del protagonista, Jirô Horikoshi.

THE WIND RISES. © 2013 Nibariki - GNDHDDTK

Hay una intención manifiesta del autor de cerrar el círculo, y lo que en un principio podía confundirse con el biopic del ingeniero que diseñó el caza Zero, el avión japonés más (tristemente) popular de todos los tiempos, acaba por ser un canto a la vida protagonizado por un personaje que tiene mucho del propio Miyazaki. El viento se levanta no sólo nos narra las vicisitudes de este muchacho que soñaba con volar y que terminó por convertirse en el ingeniero aeronáutico más importante de Japón, también realiza una panorámica de la profunda evolución de la sociedad japonesa durante la década previa y los años posteriores a la II Guerra Mundial, un país que (como Alemania) ligó su desarrollo tecnológico a la industria bélica y cuya población sufrió las duras consecuencias de las ambiciones militaristas. Miyazaki, que suele trasladar sus películas a mundos de fantasía que funcionan en sentido alegórico, no esquiva aquí ningún aspecto histórico: sus personajes admiran la tecnología alemana, critican las aspiraciones expansionistas de su gobierno, conviven con la miseria ocasionada por la Gran Depresión y son testigos de la Noche de los Cuchillos Largos en Berlín. Una recreación de la realidad que resulta novedosa en el cine de Miyazaki y que le ha valido no pocas críticas en Japón, procedentes sobre todo de los sectores más nacionalistas.

El viento se levanta 3

Pero todo ello no es sino el trasfondo del relato que Miyazaki quiere contar: el amor de Jirô hacia los aviones. Un amor que, en su contexto vital, le lleva a poner su talento al servicio de la Armada Imperial Japonesa, del mismo modo que Miyazaki ha podido ponerlo al servicio del cine. Es este el mensaje esencial de la película y del poema de Valéry, varias veces recitado a lo largo de la cinta: cuando el viento se levanta debes desplegar las alas y dejarte llevar. Lo verdaderamente importante es aprovechar ese impulso vital, creativo; después, donde la vida te lleve, es algo que está fuera de tu control. Nuestro único pecado sería no atrevernos a levantar el vuelo, porque el viento no sopla para siempre.

Jirô Horikoshi vive apurando esos momentos en los que el viento sopla para él, aunque este viento le lleve, por una parte, a diseñar aviones de guerra y, por otra, a amar a una mujer enferma de tuberculosis. Decisiones que marcarán su vida pero de las que jamás podrá arrepentirse, pues las toma siendo fiel a sí mismo y a sus sentimientos. Una hermosa lección vital que subyace a lo largo de toda la película y que queda plasmada, de manera especialmente emotiva, en la relación de Jirô con la chica que se convertirá en su esposa, y que constituye una de las historias románticas más hermosas, sinceras y carentes de impostura que he visto en el cine en mucho tiempo. Una historia de amor que por su sencillez y honestidad recuerda a esos siete primeros minutos de Up, y hace que te preguntes, una vez más, si hay algún registro en el que Miyazaki no raye alto.

El viento se levanta 1

En lo referente al aspecto visual, sólo se puede decir que ver El viento se levanta en una sala de cine es una auténtica delicia para todos aquellos que hemos crecido entre cómics y dibujos animados. La belleza plástica de escenas como el terremoto de la región de Kanto te deja clavado a tu butaca y te hace preguntarte por qué alguien, en algún momento, decidió que ya no merecían contarse así las historias. Sin técnicas de captura de movimiento, ni croma ni iluminación dinámica por ordenador, tan sólo un equipo de dibujantes, como el maestro Kazuo Oga, apoyándose en sus tintas y su experiencia para recrear unos escenarios y unos personajes como ya sólo Ghibli puede ofrecernos. Y es esa certeza, la de que ya nadie invertirá tanto tiempo y esfuerzo en animar como se hacía el pasado siglo, lo que convierte cada nueva producción de Ghibli en una delicatessen a saborear lentamente.

No se queda atrás el apartado sonoro, no sólo porque Joe Hisaishi, autor de las bandas sonoras de todas las películas de Miyazaki, vuelva a brindar una partitura delicada, profunda, de aires meditarráneos como ya hiciera en Porco Rosso, o por la hermosísima canción que cierra los títulos de crédito, Hikoki gumo (“estelas de vapor”) de Yumi Arai, sino también por la peculiar apuesta del director por que todos los efectos de sonido del film, en especial la infinidad de ruidos producidos por los aviones, desde sus motores hasta sus aspas y timones, estén recreados vocalmente como si de una suerte de beat box se tratara. Es decir, tal como el propio Jirô los imaginara en su infancia, cuando soñaba con los aviones pero nunca había podido ver o escuchar uno de cerca.

El viento se levanta es, probablemente, la cumbre técnica del estudio japonés, al tiempo que representa la película más personal y comprometida de su director, la que Miyazaki imaginó como testamento autoral. Viendo el resultado, mencionar algunos de sus defectos, como el excesivo metraje de ciertas escenas, resultaría casi inoportuno por mi parte, pues la sensación final que deja la película es la de haber visto un trabajo redondo, inspirado en lo técnico, lo narrativo y lo personal. La obra de un genio en la cima de su carrera, hasta el punto de que Miyazaki, probablemente sin pretenderlo, contradice las palabras del propio Caproni: “una persona creativa da lo mejor de sí durante diez años”, le explica a Jirô en uno de sus sueños, “después de esos diez años debe dejarlo”. Hay excepciones para todas las reglas. 10

Her: Amor distópico

La ciencia ficción no suele transitar el terreno de lo romántico, y si lo hace, es de manera tangencial. Por eso, cuando supe que la nueva película de Spike Jonze era un drama romántico de ciencia ficción, decidí marcar la fecha en el calendario a la espera de ver qué podía salir de una mezcla tan inusual. El resultado ha sido una de las producciones de ciencia ficción más lúcidas de los últimos años y una historia romántica sumamente original, capaz de empatizar con una gran parte del público, quizás contra todo pronóstico.

Her está protagonizada por Theodore (Joaquin Phoenix), un escritor que se gana la vida en una empresa dedicada a escribir correspondencia personal para sus clientes. Un hombre con enormes dificultades para expresar sus sentimientos pero con un gran talento para plasmar en hermosas cartas lo que otros sienten. Tras una traumática separación de su mujer de toda la vida, Theodore se haya vagando a la deriva en una sociedad hiperconectada al nivel más superficial, pero en la que los momentos de verdadero contacto emocional son extraordinariamente raros.

Habituado a relacionarse casi en exclusiva a través de la membrana de la tecnología y las redes sociales, todo cambia el día que llega a su vida Samantha. ¿Una nueva compañera de trabajo, una chica que se muda a la puerta de enfrente? No, Samantha es la inteligencia artificial integrada en su nuevo sistema operativo. Una OS  de última generación (con la voz de Scarlett Johansson, que todo suma) capaz de interactuar con el usuario a todos los niveles, más allá del meramente funcional. La relación cómplice que se crea entre ambos trastoca la vida de Theodore y le hace salir, por primera vez en mucho tiempo, del lodazal emocional que lo estaba engullendo.

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A partir de aquí, todo dependerá de si eres capaz de conectar o no con la propuesta del director y guionista. Si crees en la relación que se establece entre Theodore y Samantha, Her es una película conmovedora que te implica en los vaivenes de este peculiar romance, que te hace sonreír en sus momentos dulces y te entristece en los más agrios. Si no conectas, sin embargo, si por cualquier motivo no crees que un hombre pueda enamorarse de una personalidad sintética, entonces los momentos de narración contemplativa, tan del gusto de Spike Jonze, pueden resultarte del todo exasperantes. Me he encontrado con opiniones a ambos lados de la línea.

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En lo que a mí respecta, sólo puedo decir que me tragué el anzuelo por completo. Si suponemos que en un futuro a medio plazo puedan llegar a existir IAs capaces de superar el test Voight-Kampff, veo completamente razonable el que haya personas capaces de enamorarse de ellas. Más si tenemos en cuenta el nivel de aislamiento personal al que se dirige nuestra sociedad en la que, paradójicamente, cuantos más canales de comunicación nos ofrece la tecnología, más básica y superficial se torna nuestra manera de relacionarnos.

A este respecto, hay un punto difuso en la historia escrita por Spike Jonze que puede condicionar por completo la valoración del personaje de Theodore. Todo depende de si crees que Samantha, como inteligencia artificial, estaba diseñada para satisfacer las necesidades de Theodore y adaptarse a sus gustos y expectativas (como da a entender el cuestionario inicial de configuración del sistema operativo), o de si ella realmente llega a enamorarse de él. ¿Es un amor simulado o real? En el primer caso, nos encontraríamos ante un Theodore que sólo es capaz de abrirse ante una “persona” que se pliega totalmente a sus necesidades, una especie de niño emocional incapaz de afrontar los riesgos de una relación real, justo de lo que lo acusa su ex-mujer. Sin embargo, si consideramos su relación con Samantha como algo auténtico, podemos entender que Theodore sólo necesitaba encontrarse lo suficientemente cómodo con alguien para dejar caer sus barreras y brillar con luz propia.

Para mí esta disyuntiva queda resuelta desde el momento en que Samantha intenta forzarlo a hacer cosas que ella necesita pero él rehuye, como introducir a una mujer en la relación que actúe como su avatar físico en sus encuentros sexuales, o quizás más esclarecedor, cuando el personaje interpretado por Amy Adams comenta que un amigo también se ha enamorado de su OS pero ésta le da calabazas, o que una compañera del trabajo está saliendo con el OS de otro usuario. Es decir, estas inteligencias sintéticas realmente gozan de libre albedrío, lo que, desde mi punto de vista, resulta el aspecto más inverosímil del guion.

HER

De cualquier modo, creo que el gran mérito de Spike Jonze es lograr normalizar en pantalla una historia que, sobre el papel, podía resultar poco creíble. Hay momentos brillantes en Her, retazos de verdadera humanidad que te hacen creer que cualquiera podría enamorarse de Samantha, y a ello contribuye el gran trabajo de ambos actores, en especial de un Joaquin Phoenix inconmensurable y versátil, capaz de insuflar vida a cualquier personaje.

Y por si alguien se lo preguntaba, no creo que haya moralejas ni metáforas en Her, no creo que la intención del director vaya más allá de contarnos una rara y hermosa historia de amor. Es cierto que el paralelismo con nuestra forma de usar la tecnología está ahí, pero creo que el director lo aprovecha para que entremos en su juego, para que su propuesta no nos parezca tan ajena, más que para intentar advertirnos sobre algo. Y eso hace de Her una película aún mejor.  8

Her y Kaze Tachinu se hacen de rogar

Her es una de esas películas cuyo trailer te pone los dientes largos, tanto por lo que deja entrever del argumento como por la presencia de un Joaquin Phoenix que (as usual) devora la pantalla. Vale, todos sabemos que los trailers no son de fiar (ni para bien ni para mal), pero las primeras críticas apuntan a que Spike Jonze ha firmado su peli más redonda.

Por ahora la apunto como la más esperada de 2014 junto con Kaze Tachinu, el biopic firmado por Hayao Miyazaki sobre el ingeniero que diseñó los cazas Zero. Una peli, que por cierto, le ha supuesto al realizador japonés ataques despiadados de la derecha nacionalista en su país. Pero por ahora, ésta ni siquiera tiene fecha de estreno en España :_(

 

Marvel/Disney y DC/Warner: dos maneras de entender el cine de superhéroes

La tercera entrega cinematográfica de Iron Man, pese a la disparidad de opiniones que ha suscitado entre el fandom (no así entre la crítica, que la elogia mayoritariamente),  se ha convertido en un magnífico ejemplo de lo que podemos empezar a considerar el estilo Marvel de hacer cine.Y es que la veterana editorial neoyorquina, reconvertida en exitosa productora que sigue publicando cómics por mera tradición, parece haber decidido que sus últimas adaptaciones tengan un tono común basado en la desdramatización, el espectáculo díscolo y el sentido del humor. Bajo esta propuesta, que dio comienzo con la primera Iron Man y parece haber alcanzado su cénit (al menos por ahora) con la estupenda The Avengers, subyace una visión bastante inteligente de cómo hacer cine de superhéroes, consistente básicamente en no tomárselo demasiado en serio. Al fin y al cabo, estamos hablando de gente en mallas, ¿no?

Esta visión honesta del material original ha permitido a Marvel mantener una apuesta principalmente lúdica que, en varios casos, está dando estupendos e inesperados resultados. Para empezar, porque no le han perdido el respeto al espectador y no han caído en el error, tan extendido hoy día en Hollywood, de confundir el cine palomitero con cine barato (y no me refiero al presupuesto). Parece que Marvel aprendió bien la lección en los 90 (cuando la fuga de talentos de las grandes editoriales de cómics supuso una debacle en ventas), y a sabiendas de que no basta un personaje popular  para vender el producto, ha puesto sus mayores producciones en manos de gente de la industria que conoce (y respeta) el material original, y que han sabido desbrozarlo de lo que no funcionaría en las salas potenciando aquello que sí encaja en el medio cinematográfico. Y entre los  artífices de esta adaptación de la viñeta al celuloide digital, nadie duda de que el nombre a destacar es el de Joss Wheddon, director de Los Vengadores y, a la sazón, consultor de cualquier película Marvel que se haga a partir de ahora.

Pocas veces un actor se ha hecho tanto (y tan bien) con su personaje como Robert Downey Jr. con Tony Stark...
Pocas veces un actor se ha mimetizado tanto con su personaje como Robert Downey Jr. con Tony Stark…

Los Vengadores debía ser el buque insignia de esta traslación a la gran pantalla del Universo Marvel, y alguien en Disney tuvo la sabiduría (o la suerte) de poner el proyecto en manos de un director con un impresionante sentido lúdico y una elegancia narrativa bastante infrecuente en el actual cine de aventuras. Así, Wheddon supo aprovechar lo que heredaba de sus predecesores, principalmente un buen elenco en el que destaca un arrebatador Robert Downey Jr., y aportar su propio sello de director/productor/guionista con pulso quirúrgico para diseñar gags y fastuosas escenas de acción. El resultado fue una de las mejores cintas palomiteras que se recuerda en años, con la rara virtud de gustar por igual al fan, a la crítica y al público medio. No es de extrañar que Marvel haya decidido que, a partir de ahora, ésta sea su Biblia y Joss Wheddon su profeta.

Y en el otro extremo del espectro tenemos a DC Comics/Warner y su pequeño milagro, que no es otro que lograr que volvamos a tomarnos en serio la figura del superhéroe atormentado. Para ser honestos, el logro es más bien de Chris Nolan y quizás (un poquito) de Zack Snyder, cuya adaptación de Watchmen es bastante mejor de lo que a todos nos pareció la primera vez que la vimos. ‘La Distinguida Competencia’ ha decidido humanizar a sus héroes, subrayar la solemnidad de su sacrificio y el sentido dramático de sus motivaciones, y lo ha logrado principalmente a través del oscurantismo épico de su trilogía Dark Knight, que ha devuelto el prestigio cinematográfico a un personaje defenestrado tras las aberraciones filmadas por Joel “el Enemigo Definitivo de Batman” Schumacher. Tan buenos resultados ha dado la fórmula, que la re-revisión de Superman que se estrenará el próximo mes de julio, The man of steel, mantendrá ese enfoque ‘shakespeariano’ de la figura del superhéroe, ofreciéndonos una visión más íntima y humana del kriptoniano. Y para mantener la coherencia con el tono que DC quiere dar a su nuevo universo cinematográfico, la producción ha corrido a cargo del ya mentado Chris Nolan (director de Dark Knight) con dirección del también mencionado Zack Snyder.

...o Heath Ledger con el Joker, que se apropió del personaje hasta el punto de hipotecarlo para futuras películas.
…o Heath Ledger con el Joker, personaje del que se apropió hasta el punto de hipotecarlo para futuras películas.

DC no está inventando nada nuevo con este enfoque, simplemente está aplicando un patrón que ya dio excelentes resultados en los cómics de los 80, consistente en ‘oscurecer’ a sus personajes y bajarlos al terreno de lo prosaico, siguiendo la línea de clásicos como WatchmenSuperman El Hombre de AceroBorn Again, o Batman: Año Uno.

¿Responden estas dos maneras opuestas de abordar la figura del superhéroe a la ruta trazada para sus personajes desde cada editorial, o son la consecuencia de los nombres elegidos para liderar cada proyecto? ¿Se contrató a Nolan porque DC quería dotar a sus películas de un tono más sombrío y melancólica, o el hecho de que se eligiera a Nolan es lo que, a la postre, ha conferido este discurso a las nuevas adaptaciones del Universo DC? En el caso de Marvel, parece más claro que fue antes el huevo que la gallina, pues en Iron Man y en otras producciones posteriores, como Capitán América: El Primer Vengador, ya se apreciaba esta tendencia más aventurera y desenfadada (incluso con toques de comedia), directamente heredada de la versión Ultimate del Universo Marvel, que es la que realmente se está adaptando al cine. Dejo fuera de la ecuación las pelis de X Men y Spiderman por pertenecer las primeras a Fox y las segundas a Sony-Columbia, por lo que Marvel no tiene más implicación en ellas que la cesión de los derechos. Algo de lo que ahora se deben estar lamentando muy mucho, por cierto.

En cualquier caso, debemos felicitarnos de que ambas propuestas estén dando buenos resultados, pues aunque algún que otro chasco nos hemos llevado por el camino, el balance general está siendo muy superior a lo que muchos nos hubiéramos atrevido a soñar hace unos años. Sin embargo, hay algo en lo que los productores de ambas casas deberían empezar a pensar: ¿cuánto tiempo se puede explotar el filón superheroico? ¿No es previsible que el espectador, a medio o largo plazo, se canse de la misma temática y personajes? Quizás va siendo hora de que Marvel y DC, como productoras, consoliden este sello ‘autoral’ que comienzan a mostrar y lo apliquen a otro tipo de historias, unas que no tengan que salir necesariamente de las páginas de sus cómics, dando lugar a nuevas propiedad intelectuales (IPs que las llaman ahora) desarrolladas específicamente para el cine, sin que tengan que ceñirse a la temática superheroica. Desde luego, poseen la capacidad de reinvención y el flujo creativo para hacerlo.