Takashi Miike nos hace el hara-kiri (muy) lentamente

Uno de las pocas cosas por las que esperaba la llegada del mes de septiembre era por el estreno de Harakiri: Muerte de un samurái, remake a cargo de Takashi Miike de la obra homónima (aka Seppuku) de Masaki Kobayashi. Es el segundo chambara que Miike nos ofrece en un par de años y, al igual que con la anterior (13 Asesinos), las sensaciones han sido agridulces.

A grandes rasgos, Harakiri nos narra cómo un ronin se presenta en la casa del señor feudal de su provincia con la petición de ser asistido en el suicidio ritual samurái: el seppuku, más conocidos por lares occidentales como hara-kiri. El señor está ausente, así que es el kunikaro de la familia el que debe lidiar con esta petición, que se vuelve aún más complicada cuando el extraño guerrero solicita que, antes de abrirse el vientre, se escuche su historia.

Al igual que el clásico de 1962, Harakiri: Muerte de un samurái está articulada en torno a un largo flashback en el que se explica qué acontecimientos han llevado al protagonista a tomar una decisión tan desesperada. Por lo que puedo recordar del original, la película de Miike es bastante fiel a la de Kobayashi, tanto en su historia como en su tono pausado e incluso su estética. Quizás demasiado fiel, lo que provoca que durante todo el metraje te preguntes si es realmente necesario ver el mismo relato contado otra vez de la misma forma. ¿Para eso ya teníamos la original, no?

Además, hay algunos factores que juegan en contra de este remake: aunque es estéticamente brillante y narrativamente sólida, pues el guión original no plantea fisuras y es estable como una roca, el ritmo exageradamente pausado la penaliza mucho más que al film en que se inspira. No sabría dar una explicación exacta, pero lo cierto es que la versión moderna parece buscar esa cadencia lenta de forma manifiesta, incluso exagerada, mientras que en el clásico el ritmo introspectivo resulta más natural y apropiado, sin llegar a ser plomizo.  No deja de ser una apreciación subjetiva, ya que la mayoría de las críticas están siendo bastante positivas (aunque ya sabemos que entre los críticos está bien visto decir que determinadas pelis son molonas).

No es la primera peli de Miike que decae tras un primer tramo muy bueno, sin ir más lejos, a 13 Asesinos le pasaba algo similar pero por motivos distintos: teníamos un arranque soberbio que te hacía frotarte las manos ante lo que estaba por venir, pero el desenlace de la historia era más propio de un capítulo del Equipo A, tan exagerado y pasado de rosca que devaluaba el dramatismo y la contención narrativa de la presentación y el nudo. Aquí volvemos a tener un comienzo que te impide despegar los ojos de la pantalla (o que te obliga a hacerlo, según se mire), pero en cuanto el film entra en su largo flashback decae de forma alarmante. No es hasta el desenlace de la historia que ésta vuelve a captar nuestra plena atención.

Más allá de eso, aquellos familiarizados con el Japón feudal y las tradiciones samuráis disfrutarán con la riqueza de detalles con la que Miike ha impregnado su relato: hay pequeños detalles como la katana sellada con una cuerda, muestra de respeto al anfitrión, o grandes símbolos como la hoja de madera, metáfora de la decadencia de la casta samurái, convertida en redundante cuando Ieyasu Tokugawa alcanzó el shogunato y dio paso al periodo de paz más largo del Japón feudal. Esta hoja de madera encierra, en sí misma, la moraleja de la película, que es todo un clásico del género al que rinde homenaje: los poderosos, embebidos de su poder, han convertido el honor en algo superficial, en mero protocolo y obediencia a las formas. Así, es el samurái de clase más humilde el que debe recordar a sus superiores que el verdadero honor reside en el espíritu y no en lo material, y que un acto de insumisión puede ser tan honorable como una rendición ciega a unas leyes crueles.

En definitiva, Harakiri: Muerte de un samurái es una película lenta y contenida, dotada de notables valores estéticos pero lastrada por una narrativa que exige mucho a la paciencia del espectador. Pero no deja de ser una buena película de samuráis. 6

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