Bankia y la política del silencio

No suelo hablar de política en mi blog porque, en primer lugar, escribir sobre ello ha sido mi trabajo durante muchos años, y pretendía mantener este espacio de evasión “policy-free”. En segundo lugar, siempre he pensado que los pocos que me lean tendrán su propia opinión al respecto, y mi experiencia es que a la gente le incomoda leer sobre política si lo que está leyendo no coincide con su idea. Supongo que por eso el periodismo español muestra una alineación tan inquebrantable a una u otra opción ideológica.

De cualquier modo, quiero comentar lo que está sucediendo durante las últimas semanas en torno a Bankia desde una perspectiva puramente comunicativa. Independientemente de que estemos convencidos o no de que el rescate a la banca es imprescindible para la subsistencia del sistema, independientemente de que nos preocupe más o menos que, si se deja caer a Bankia, los primeros afectados serán los miles de ahorradores que perderán su dinero, lo que resulta desastroso más allá de toda duda es la gestión informativa que se está haciendo de esta crisis.

En nuestro país la comunicación política tiene muchas carencias y continúa en pañales si la comparamos con la de otras democracias: es poco flexible, muy ceñida al argumentario y demasiadas veces se apoya en la retórica vacua como escudo ante la opinión pública y los dirigentes del propio partido, todo por el temor de cometer un desliz al decir lo que realmente se piensa. Al final, el discurso resulta tan artificial, el culpar al otro es tan recurrente, que el mensaje acaba siendo sólo apto para los acérrimos, pero de consumo indigesto para el ciudadano medio.

Esta forma de enfocar la comunicación, este pensar que la opinión pública asumirá un discurso prefabricado a espaldas de la realidad, provocó una de las mayores catástrofes comunicativas de la política moderna en 2004. Después de los atentados del 11M en Madrid, el gobierno del Partido Popular insistió en trasladar a la opinión pública que la autoría del atentado pertenecía a ETA, y ahondó en ese mensaje durante días, aun cuando los medios de comunicación y las naciones de nuestro entorno daban ya por ratificado que estábamos ante un atentado islamista radical. Se intentó manipular a la opinión pública ante el temor de que el electorado pudiera culpabilizar al gobierno de los atentados, al comprometer al país en la invasión de Iraq pese a la oposición popular.

Fue un fracaso comunicativo de manual, y condujo al PP, que llegaba a las elecciones con una contundente ventaja sobre el PSOE, a pasar de un gobierno en mayoría absoluta a perder las elecciones. Posteriormente, analistas en comunicación política de todo el mundo estuvieron de acuerdo en que si se hubiera apostado por trasladar un mensaje más acorde a la realidad, el castigo en las urnas hubiera sido mucho menor y, probablemente, el PP habría hecho valer su ventaja en los sondeos.

Pongo en perspectiva todo esto porque me sorprende que, tanto tiempo después, el Partido Popular parece insistir en una estrategia informativa perversa ante el temor de la reacción de la opinión pública. La manera en que se está gestionando la crisis de Bankia va camino también de los manuales, concretamente a los capítulos de lo que nunca se debe hacer. El espectáculo comienza a ser esperpéntico: el ministro Guindos y la portavoz del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, anunciaron el pasado viernes tras el Consejo de Ministros que el dinero que se iba a inyectar en Bankia (29.000 millones de euros a fecha de hoy, casi un 20% más del recorte anunciado en educación y sanidad) era un préstamo a devolver. Al día siguiente, el nuevo presidente de la entidad, José Ignacio Goirigolzarri (un hombre de banca, no procedente del ámbito político como los anteriores presidentes y, quizás por eso, desconocedor de la doctrina del argumentario), les desmentía afirmando que era una inyección de capital, no un préstamo, y que el dinero no retornaría a las arcas públicas salvo como retorno de una eventual revalorización de las acciones.

Cuando la prensa ha preguntado al gobierno sobre depuración de responsabilidades en el seno de Bankia, la respuesta ha sido que “ahora no es buen momento”, el famoso “ahora no toca” que cada vez se identifica más con una casta política que se cree en el derecho de escatimar la información ante sus máximos fiscalizadores: la ciudadanía. La sensación es que los españoles pagamos entre todos la peor gestión financiera que se conoce en Europa, pero nadie más parece asumir las consecuencias. ¿Qué impide al gobierno anunciar acciones legales contra los responsables de este desastre (aunque sean de sus propias filas)? ¿Cómo es posible que Bankia pasara en un solo día de anunciar 300 millones de € de beneficios a 30.000 millones en pérdidas? ¿Qué clase de mecanismos de control se están aplicando al sector financiero español? Paralelamente, el Banco Central Europeo ha afirmado este fin de semana desconocer cuáles son los planes de rescate para la entidad.

Esta opacidad que el Gobierno mantiene le supone un desgaste de imagen que no sé cómo pretenden gestionar. Probablemente la máxima sea arriar velas y aguantar el temporal, pues aún quedan tres años y medios hasta las próximas elecciones.

Pero hay una diferencia fundamental entre este naufragio informativo y el del 11M. En 2004 el daño ya estaba hecho, y el PP sólo se perjudicaba a sí mismo con su torpe estrategia comunicativa. Sin embargo, en 2012 la economía española está más expuesta que nunca, navegamos al albur de los mercados, que comienzan a sospechar que Bankia puede ser la punta del iceberg de un sistema financiero podrido, que ha fundamentado sus balances positivos en la creatividad estadística y en el mal hábito de refinanciar deuda a toda costa, siempre con el objetivo de no reflejar en las cuentas los verdaderos índices de morosidad. Si el Gobierno no se remanga e impone un sistema de evaluación real de la banca, si no saca a la luz pública sus verdaderos planes para Bankia y comienza a depurar responsabilidades (caiga quien caiga), si no comienza a tomar decisiones en lugar de titubear y contradecirse, el peor de los daños está aún por llegar.

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