Anonymous

El ¿colectivo? Anonymous me produce simpatía por varios motivos, entre ellos, porque se han convertido en un poder fáctico real, incontrolable e incontrolado, capaz de protestar contra los abusos del sistema con una contundencia que va más allá del “derecho a la pataleta”. Ataques que han colapsado los sistemas informáticos de regímenes dictatoriales, o su sonado apoyo a Julian Assange y Wikileaks, han puesto a este grupo de ciberactivistas en un primer plano insospechado. Son hijos de la nueva era, un poder real compuesto por ciudadanos anónimos, personas descontentas con los que dirigen el mundo, que se ponen en contacto a través de foros y chats en los que cualquiera podemos entrar (el IRC anonops o la web whyweprotest.net). Fruto del caótico debate que habitualmente se produce en estos foros y redes sociales, van alcanzando opiniones comunes, líneas de actuación que posteriormente se materializan en acciones en la vida real (pintadas, folletos como los que recientemente repartieron en mi barrio contra el bipartidismo, o manifestaciones como la que pudimos ver contra la Ley Sinde a las puertas de la gala de los Goyas) o a través de Internet (colapsaron durante horas el servicio de PayPal y Mastercard por impedir dichas empresas que se pudieran realizar donaciones a Wikileaks a través de estos canales).

Hay algo de romanticismo en este movimiento de protesta que ha elegido como símbolo a uno de los personajes más románticos, a su vez, de la historia del cómic: V, el anónimo y misterioso protagonista de la genial serie limitada (ahora novela gráfica) V de Vendetta, de Alan Moore. Al igual que ellos, V era un revolucionario convencido de la necesidad de sacudir a las masas con acciones espectaculares de repercusión mediática, con actos simbólicos contra el poder establecido al servicio de unos pocos. Pero a diferencia de V, un terrorista en toda regla, la gente de Anonymous dice rechazar toda clase de violencia. Habría que discutir si sus ciberataques DDoS contra las webs de corporaciones internacionales y organizaciones gubernamentales no son una nueva forma de violencia, la verdad.

¿Qué es un ataque DDoS? Es la herramienta que usa Anonymous para colapsar los websites que señalan como objetivos de sus protestas. A grandes rasgos consiste en lo siguiente: te descargas una aplicación que conecta tu PC a la “colmena” y, llegado el momento convenido, dicha aplicación se encarga de enviar desde los ordenadores conectados cientos de miles de peticiones a un mismo servidor hasta colapsarlo. Imaginaos lo que sucede cuando el servidor que se colapsa es el de un mercado de valores o el de Mastercard.

Anonymous es un fenómeno nuevo al que el sistema no se había enfrentado antes. Gracias a Internet, la masa ya no es masa, son individuos que intercambian ideas, iniciativas, quejas y malestar de una punta a otra del mundo. Si a eso le sumamos que este fenómeno de la “conciencia global” se ha visto potenciado por las redes sociales (principalmente, Facebook y Twitter), y que el malestar ha crecido exponencialmente a raíz de una crisis igualmente global, en la que se han puesto en evidencia los abusos de unos pocos poderosos contra mucho débiles, sólo era cuestión de tiempo que esto comenzara a suceder.

Sin embargo, hay algo en Anonymous que me retrae a la hora de mostrarles mi apoyo. Aunque todos podamos estar de acuerdos con sus principios básicos como la “no violencia”, denuncia de los atentados contra los derechos humanos, o condena y publicitación de cualquier corrupción en el sistema político-financiero… siguen escondiéndose en el anonimato. Y eso es un arma de doble filo. Ellos alegan que son anónimos porque no hay líderes ni rostros visibles, no hay jerarquía y sólo toma de decisiones que, poco a poco, se perfilan en el inmenso brainstorm de los foros. Pero en realidad sí hay portavoces, ciberactivistas prominentes de Anonymous que han hablado con los medios (detrás de sus alias, claro) en nombre del colectivo. Es cierto, no obstante, que algunos activistas demasiado entusiastas a la hora de manifestarse en la prensa han sido “condenados al ostracismo” (en términos de la propia comunidad) por intentar erigirse como portavoces. Aun así, por lógica, habrá nombres en el movimiento que serán más escuchados que otros, que promoverán iniciativas más susceptibles de salir adelante. Quizás no sean líderes de facto porque cada anónimo es libre de sumarse o no a una iniciativa, pero son líderes de opinión que marcan una tendencia dentro de Anonymous.

Por otra parte, hay dedos que ya apuntan a Anonymous como responsable de acciones que no son precisamente de protesta. Por ejemplo, Sony se ha apresurado a señalar al colectivo como posible responsable del enorme data breach que ha sufrido Playstation Network (robo de datos  que ha permitido, entre otras cosas, realizar cargos fraudulentos en las cuentas bancarias de los usuarios de la red de juego online). Es cierto que lo ideal para Sony es buscar un responsable que no puede dar la cara para defenderse, y que Anonymous se ha apresurado a desmarcarse (a través de un vídeo en YouTube) de esta acción que está perjudicando gravemente a la multinacional japonesa.

Pero también es cierto que Anonymous reconoce la posibilidad de que algunos hackers de su comunidad hayan participado en el ataque contra Playstation Network. Cabría preguntarse, entonces, por qué el propio colectivo no denuncia públicamente a esos miembros que han robado (datos privados y dinero) a millones de usuarios de Playstation. ¿No deberían hacerlo con la misma virulencia que usan contra el sistema corrupto? ¿O es que la máscara de Anonymous también sirve para ocultar a criminales?

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